La mirada tranquila de Mason se desliza hacia mí, sin afectarme, incluso aburrida. Me pregunto si se enfadará alguna vez, pero enseguida me quito esa idea de la cabeza. Es aterrador en su modo tranquilo, y no quiero imaginar cómo es cuando está enojado. —¿Qué quieres comer? —pregunta. —Estoy bien. Golpea con un dedo índice su muslo antes de detenerse. —Es obvio que tienes hambre. La comida viene con el trato y, por lo tanto, no tienes que sentirte cohibida al pedirla. Así es. Es una de las principales razones por las que acepté esto en primer lugar. —Cualquier cosa. —Mi voz está apenas por encima de un susurro. —Cualquier cosa no es comida. Elige algo. —No me importa mientras sea... comida. —¿Y si te consigo cucarachas fritas? Mi nariz se arruga mientras lo miro fijamente

