CAPÍTULO 5:

1340 Words
Santino exclamó una maldición cuando despertó esa mañana, y vio unos pies deformados que sobresalían sobre las sábanas.  «¡¿Qué cosa tan fea es esta?!», se dijo pasando la mano por el rostro. Lo cierto era que eran los pies de mujer más horribles que había visto en su vida. De manera muy despacio se levantó de la cama, no quería hacer ruido. Su acompañante estaba arropada hasta la cabeza, y si lo que había visto lo había hecho decir una maldición. No quería imaginarse cómo sería su rostro. Solo cruzó los dedos, no le importaba su belleza solo que fuera ella y no él.  Salió del lugar disparado, como si el propio demonio le estuviera persiguiendo. El dolor de cabeza le estaba partiendo el cerebro en dos. Recordaba muy poco de la noche pasada, así que no tenía absoluta idea de cómo había llegado a ese hotel, y sobre todo con su acompañante. Se estremeció al recordar los pies.  Fue al estacionamiento, le dio click al llavero que tenía en los bolsillos de sus pantalones. Se escuchó que se desactivaba el seguro, se montó en el vehículo, enseguida rugió el motor y se fue a casa en su Lamborghini Urus color n***o del año. A los pocos minutos llegó a la casa en donde vivía desde hacía tres meses, se deslizó por el jardín. Y entró por la cocina aunque era un hombre de veintiocho años, fue criado a la antigua y el respeto por sus mayores fue inculcado. No quería disgustar a su abuelo. —¿De nuevo llegando por la mañana, Santino? —se escuchó una voz. —¡Mierda! —exclamó sorprendido en un idioma diferente.  —No me hables en inglés, muchacho —la mujer le amenazó con un rodillo. —Nonna… ehh.. se me hizo tarde —se le acercó para darle un abrazo. —Eres un caso perdido, no puedes continuar de esa manera.  —Solo me divertía un poco —se encogió de hombros—. Se me hizo tarde y no me di cuenta de la hora.  Había planeado mudarse solo, ya que lo hacía desde que tenía veintiún años. Pero su abuela le pidió que se quedara con ellos. Pues mientras crecía solo pudo disfrutar de él por temporadas.  —Cuando envié a tu padre a América para que estudiara, lo hice pensando en el futuro. Pero allá conoció a tu madre, y se olvidó de su origen —dijo una voz seria. —Nonno… —advirtió Santino. —No… no me estoy quejando, tu madre fue una buena mujer.  —Solo que no le perdonas que haya hecho su vida, después de la muerte de mi padre —terminó por él de modo tajante.  —No, ahí te equivocas. Lo único que le reprocho es haberte alejado de nosotros por tanto tiempo —se acercó a él.  —Es muy temprano para discutir —intervino Nicoletta, mirando con el ceño fruncido a su marido.  —No puedes estar por ahí ilusionando a las chicas de esta ciudad, y mucho menos un integrante de nuestra familia.  —Tendré más cuidado la próxima vez —replicó Santino.   —Ve a darte una ducha, y ponte ropa cómoda. te encargarás de hacer el pan del desayuno —le ordenó su abuela.  —De acuerdo —le dio un asentimiento de cabeza y se fue por el pasillo. Sin embargo; pudo escuchar a su abuela que decía: —Me recuerda mucho a su padre —la tristeza se reflejó en su voz. —Así es Nicoletta. Un salvaje de buen corazón, es muy buen hombre a pesar de haberse criado en América.  Santino, sacudió la cabeza. Él daba la vida por sus abuelos. Se dirigió a su habitación y al entrar se quitó la ropa y fue directo a la ducha. Era sábado pero aún así tenía cosas que hacer. Fue entonces cuando recordó el por qué había tomado.  En horas de la tarde había llamado al Nonno Enzo, quien de cierta forma  era su socio. Su abuelo se había retirado del negocio, y por ser el único de la familia ya que su padre había muerto. Su abuelo le había llamado reclamando su presencia en el país natal de su padres. Escuchó la voz de Gia Fontano, una pequeña granuja que creía que tenía Dios agarrado de las barbas. La había conocido de pequeña, y ya era una niña insoportable le había dado un pellizco en la nariz que lo dejó toda la tarde estornudando. Por la forma en que le escuchó a través de la línea telefónica aún lo seguía siendo. Pero tenía algo a favor: la chica era como solía llamarse así misma, una princesa. Había quedado un poco curioso por querer saber de ella. Ya que las veces que fue de visita por cuestiones de trabajo a la casa del Nonno Enzo, había fotos de ella por toda la casa. Tenía que reconocerlo Gia era hermosa, no quería pensar que le gustaba más de la cuenta. Salió de la ducha, se secó rápidamente. Se puso unos jeans desgastados, una camiseta color azul con el escudo del Capitán América en el pecho, y unos tenis. Aún no se acostumbraba a estar en sandalias como todos los lugareños.   Bajó hasta la cocina, su padre no se dedicó a la empresa familiar. Un restaurante que ya tenía más de cincuenta años. Si no a la rama de los bienes y raíces. También la construcción del cual, solo habían quedado tres pares de edificios comerciales. Ya que las cinco torres residenciales que había hecho, fueron embargadas por el banco para cancelar sus deudas. Porque en un mal momento lo perdió todo, y no quiso pedir ayuda a su abuelo. Todo fue catastrófico en esa época para la familia. Carlo Greco, su padre. Tomó otra mala decisión. Se quitó la vida dejando a su madre Zinerva, y a él completamente devastados. Las torres comerciales, gracias a su abuelo las recuperaron. Él tenía en ese tiempo diecisiete años, y decidió que sacaría adelante a su familia. Se graduó en la universidad en ciencias económicas, y enseguida comenzó a hacerse cargo del negocio que le dejó su padre. Cuando cumplió veintitrés años el fideicomiso que le había dejado Carlo Greco le fue entregado. Quedó asombrado, apenas cinco millones setecientos cincuenta y dos dólares durante todo ese tiempo. Pero lo supo administrar, porque lo triplicó y solo por orgullo propio compró los edificios residenciales que le habían quitado a su padre, los derrumbó y construyó dos centros comerciales. Invirtió en una que otra empresa, con el transcurrir de los años se estaba dedicando a vivir de la renta cuando su abuelo le llamó pidiendo que fuera a Italia. Que no quería pasar los últimos años de su vida trabajando.  Santino había aprendido a cocinar, pues cuando iba a Palermo en vacaciones su abuelo le hacía trabajar en el restaurante. Le decía que desde muy joven tenía que saber como ganar dinero. Pero lo que no sabía ninguno era que lo disfrutaba, y quizá por eso era tan buen cocinero como su Alonzo y Enzo. Tal vez, no tanto, pero si daba la talla.  Como era el único negocio que verdaderamente conocía, un día habló con los hombres mayores, y les pidió ser su socio. Les presentó la idea de hacer una fusión, y aventurarse en una cadena de restaurantes. Sabían que ambos eran un poco de la escuela vieja. Por eso les propuso que la primera inversión correría por su cuenta, y en el mes de haber presentado su proyecto ya tenían cuatro restaurantes, y la posibilidad de abrir dos más en los siguientes tres meses,  Llegó hasta la cocina y vio como a su abuela se iluminaron los ojos al ver que fue a ayudarla. Ella le sonrió dulcemente y ladeó la cabeza. Fue hasta la nevera y abrió una lata de jugo de tomate, tomó dos analgésicos y le dijo: —Bébete esto, calmará un poco esa resaca que tienes.
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