CAPÍTULO 3

1069 Words
  La llamada de su compañera de habitación la había dejado en estado de shock, pues estaba metida en un pequeño problema, y debía ser cautelosa, pero ya debía de ir pensando en qué explicación le daría a su abuelo. Al momento de preguntarle cuándo regresaría a América.  «Nonno nunca se ha molestado conmigo, esta  vez será igual», se dijo confiada.  Por el momento iba a ir donde él, para quejarse por lo de su habitación. Salió disparada por el pasillo. Encontró a Albertina, acomodando un poco las cosas con unos audífonos puestos, y cantando. Gia se imaginó que estaban conectados a su teléfono celular.   «¡Qué abuso el de esta chica de servicio!» Se acercó despacito, Albertina estaba inspirada con los ojos cerrados y de golpe los abrió y se encontró con Gia. —¡Bendito sea el cielo! —exclamó la chica completamente asustada. —Pues… me alegra un montón. Esta no es tu casa, para que estés con ese escándalo.  Albertina apenada, bajó la cabeza y miró sus pies. ¿Qué se supone que debía decirle? Ella era lo más preciado para el dueño de la casa. También su tía Lulú le había conseguido el empleo. Se aferró a su delantal y apretó fuertemente, hasta que sus dedos se pusieron blancos. En realidad se estaba imaginando que era el cuello de la princesa. —¿Qué haces ahí parada? —Gia agitó las manos— ¡Vamos! termina lo que tienes que hacer. En vez de estar perdiendo el tiempo. —Sí, señorita. Como usted diga —Albertina salió disparada por el pasillo. Gia caminó en busca de su abuelo, y lo encontró en su despacho hablando por teléfono. Se acercó hasta el escritorio, mientras él le hacía señas para que se sentara. Pero lo que ella hizo fue entornar los ojos, cruzarse de brazos y comenzar a taconear. Con ese gesto le indicaba al hombre mayor, que quería que se apresurara. Enzo al ver aquella actitud, se excuso con la persona que hablaba en ese momento y se despidió. Dio una respiración profunda, se reclinó un poco más en su asiento puso los codos en el apoyabrazos, unió sus dedos índices y pulgares.   —¿Me puedes explicar qué te pasa que no pudiste esperar, Gia?  Ella parpadeó un par de veces, pues sintió a su abuelo molesto con ella. Algo que no era común en él. —Solo quería saber el por qué destruyeron mi habitación —le soltó. Al escuchar aquello, Enzo se pasó la mano por el puente de la nariz, se acercó a la mesa y le dio un fuerte golpe al material.  —¿Has interrumpido una llamada telefónica muy importante por semejante estupidez, Gia? —Nonno… —fue lo único que respondió, pues estaba completamente anonadada con las palabras de su abuelo. —Estoy esperando a que me respondas, chica —el hombre mayor la presionó.   —Ehm… es que entré a mi dormitorio y nada está como yo lo dejé. —Se remodeló, igual que todas las demás —le dijo él con voz firme.  —Así… sin más. ¿Quién hizo semejante cosa?  Enzo se levantó y apoyó las manos en el escritorio. —Fui yo… —espetó, y luego agregó:— ¿Tienes algún problema con eso? Un nudo se formó en la garganta de Gia. —¿Cómo pudiste Nonno? ¿Cómo pudiste hacer tal cosa? En parte él la entendía un poco. La habitación había sido redecorada por su abuela y su madre. Apenas una semana antes de morir.  —El dolor que sientes, cariño. Es el mismo que me ha  acompañado todos estos años. No es fácil olvidar a un ser querido, y mucho menos cuando es tu compañero de vida. Tu padre o tu madre. Pero hay que salir adelante. ¿Crees que María  me hubiera perdonado si me dejaba arrastrar por el agobio que me causó su partida? —Nonno… Él le hizo señas de que guardara silencio, para poder continuar —¿A tus padres les gustaría que no fueras una persona de bien? —Por supuesto que no, Nonno. Pero así pasen los años que pasen y me haga mayor los extraño. Enzo no pudo evitar acercarse a su nieta y estrecharla en sus brazos. Ella comenzó a llorar.  —Gía, ya eres adulta. Tienes más de veinte años, eres capaz de tomar decisiones. Sean buenas o malas. También tienes que estar consciente de que todo lo que hagas tiene consecuencias. —Nonno… —quería decirle en ese momento lo que había pasado en la universidad, pero él no se lo permitió.  —Cuando decidiste irte a estudiar en América. Sentí que mi corazón se partía en pedazos. Eres mi única nieta, mi única familia. Sin embargo; te dejé ir porque no puedo cortarte las alas. Pero siento que no has cambiado nada.  —¿A qué te refieres? —preguntó Gia frunciendo el ceño con confusión. —No puedes tratar a las personas como si no valieran nada. Tus padres no actuaban así, Mi María mucho menos.  —Pero es que hay cosas que no me gustan, Nonno. —Es cierto, pero también hay cosas de ti que tampoco nos gustan, y de igual forma te queremos.  En el momento que Gia iba a decir algo, apareció Lulú con el teléfono inalámbrico de la casa.   —Mi niña, es Constanza.  Una de sus amigas de la infancia. Ella tomó el aparato enseguida. Tuvieron una conversación llena de cosas superficiales. Constanza le hizo el comentario de que estaba contenta de que estuviera en casa de nuevo. Gía no supo cómo reaccionar ante eso. porque ninguna de ellas tampoco sabía el por qué de su regreso a casa tan repentino. Aunque era una chica muy sociable y siempre estaba rodeada de gente. La soledad  era siempre su acompañante. Se dirigió hasta su recién decorada habitación, mientras hablaba por teléfono. Dio un respiro al ver cada uno de los detalles. Tal vez su abuelo tenía razón, y el cambio en su lugar privado, era el primer paso a la madurez. Algo que no quería que sucediera, pero que era inevitable.  Por un momento no le hizo caso a la conversación que tenía con Constanza por teléfono, y mientras esta hablaba sin parar. Solo pensó en una cosa: «Todo sería diferentes si ustedes estuvieran aquí».
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