Dispararle a la puta mirona fue menos satisfactorio que haberle clavado el puñal en el cuello a la otra, aunque no pasé por alto la pequeña risa de Pavel cuando lo hice, porque al hijo de puta le encanta este juego tanto como a mí. Si fuese por él, me dejaría arrebatarles las vidas a quienes osen de arremeter en nuestra contra, sentado muy relajado en su sillón n***o, de cuero, mientras me observa torturarlos y cortarles el cuello, solo por morbo, solo por diversión. Y no lo juzgo, yo haría lo mismo que él solo por placer. Pero justo ahora no siento placer. Vamos rumbo a la mansión Romanov y en mi cabeza no dejo de rememorar las palabras dichas por él. Me costó prestarle atención en algunos momentos, porque quería dejarme llevar por el deseo carnal y la urgencia que tenía por sentirlo

