—Vete, Vanessa —decía Julian, y su voz sonaba como el hielo crujiendo bajo un camión—. No sé qué le sucede a Ariel. ¿Por qué demonios se le ocurre invitar chicas a mi casa? Es la casa de mis padres, por el amor de Dios. —Shhh, nene... no digas nada. Estamos solos —susurró ella, pasando una uña roja por la mandíbula de él. El sonido de su voz me dio ganas de vomitar los panqueques—. Ariel me dijo que tus padres están de viaje. Así que no hay pecado que esté aquí. Solo estamos tú, yo... y la duendecilla esa que mandaste a fregar platos. "Maldita perra", pensé, apretando los dientes tanto que me dolió la mandíbula. "No te saldrás con la tuya. No en mi guardia". Y luego miré a Julian. ¡Ahí estaba él, el gran CEO, el hombre que asustaba a los carniceros, dejando que una mujer disfrazada de p

