El recuerdo de la fiesta me golpea. Aquel imbécil borracho intentando meterme mano, el pánico de sentirme acorralada, el asco... El enojo me sube desde los pies como lava hirviendo, borrando cualquier rastro de la chiquilla tímida que alguna vez fui. Doy tres pasos hacia él, invadiendo su espacio personal, y lo apunto con el dedo índice casi rozándole la nariz. —Escúchame bien, pedazo de idiota —le siseo, y mi voz suena tan afilada que podría cortar el aire—. Hay una diferencia del tamaño de esta mansión entre lo que pasó en la fiesta y lo que viste hoy. Aquel maldito que quería abusar de mí no tenía mi permiso. Me agarró a la fuerza, me asustó y ni siquiera sabía su nombre. ¿Qué crees que soy? ¿Un objeto que cualquiera puede manosear? Andrew intenta abrir la boca para interrumpirme, per

