+ Julian estaciona el auto con una precisión quirúrgica en un aparcamiento subterráneo que brilla más que mi futuro. El motor se apaga y, por un segundo, el silencio en el habitáculo es tan denso que puedo escuchar el eco de mis propios pensamientos pecaminosos. —Hemos llegado, Flores —dice él, soltando el volante y girándose hacia mí con esa mirada de "tengo un plan y tú eres el plato principal". —¿Un condominio? —pregunto, pegando la nariz al cristal como una niña frente a una tienda de caramelos—. Julian, yo esperaba un lugar secreto, una cueva con murciélagos o un búnker de alta tecnología, no un edificio donde vive gente normal. ¿Qué haremos aquí? ¿Venimos a pagar los gastos comunes o a que me enseñes tu colección de sellos? Él se desabrocha el cinturón y se inclina hacia mí, inva

