+ Entré a mi cuarto y lo primero que hice fue girar la llave. Dejé las bolsas sobre la cama. —A ver, Sterling... ¿qué clase de locura compraste para mí? —susurré, estirando la mano hacia la primera bolsa. La abrí y sentí que el rostro se me prendía fuego. No era ropa. Bueno, técnicamente lo era, pero no de la que te pones para ir a comprar el pan. Era seda, encaje francés y tiras de cuero fino. Saqué un conjunto n***o, tan transparente que parecía tejido con humo, y luego uno rojo, calado, diseñado no para vestir, sino para tentar, para provocar un cortocircuito en el cerebro de cualquier hombre. Empecé a contar. Una docena, dos docenas... de todos los tipos, cortes y colores. Había piezas que apenas cubrían lo esencial y otras que eran auténticas trampas de ingeniería erótica. —Mierd

