Sentí un pinchazo de orgullo herido. La vergüenza de saber que él recordaba mis confesiones sobre mi virginidad y sus ojos "lindos" era una hoguera quemándome por dentro. —Gracias por todo, de verdad —dije, tratando de sonar digna mientras me ponía en pie con la elegancia de un ternero recién nacido—. Pero iré a la cabaña. Ya no se preocupe, no quiero ser más molestia de la que ya he sido. Si mi madre se entera de que dormí en la mansión me va a desheredar, aunque no tengamos nada que heredar más que deudas y moldes de pasteles. —¡NO! —Julian soltó un grito que me hizo saltar—. Aquí. Te duchas aquí. Y deja de decir tonterías, Flores. Me quedé congelada. ¿Por qué demonios insistía tanto? ¿Acaso el Protocolo ahora incluía el secuestro de niñeras resacosas? —¿Por qué insiste tanto en que

