La voz de Julian, ronca por el sueño y cargada de una ternura que todavía me resultaba extraña, vibró contra mi nuca. Sentí sus labios depositar un beso suave justo detrás de mi oreja. —O mejor dicho... buenos días, mi esposa bella. Nuestro primer desayuno de casados está aquí. Me giré lentamente, con el corazón dándome un vuelco. Julian estaba apoyado en un codo, despeinado, con esa sombra de barba que lo hacía ver menos como un ejecutivo de Bay Street y más como el hombre que me había reclamado toda la noche. Frente a nosotros, sobre la inmensa cama, había una bandeja de plata que parecía sacada de un catálogo de excesos: croissants recién horneados que desprendían un aroma a mantequilla celestial, frutas exóticas cortadas con una precisión quirúrgica, huevos benedictinos con trufa y d

