¡Pánico! Estaba suspendida en el aire, mi cuerpo colgando como un saco de papas sobre el hombro de un desconocido. —¡Suéltame! —grité, golpeando su espalda con mis puños cerrados. El hombre no me hizo caso. Su mano, grande y áspera, se posó en mi trasero. Un agarre vulgar, inequívoco. —¡Vamos, nena! —dijo, riéndose sobre el estruendo de la música—. ¡Sé que estás lista! Un grito desesperado salió de mi garganta. Intenté pedir ayuda, pero la gente alrededor solo se reía. Parecía que esta era una broma común, un ritual aceptado en el caos de la fiesta. —¡Basta! ¡Suéltame! —le dije, mi voz sonando débil en mi propio oído. Me llevaba a través de la multitud, que se abría a nuestro paso. Sentí la humillación, la desesperación. Mi camisa negra y mis deportivos blancos no me ofrecían ningun

