+++++ El silencio que siguió a nuestra pequeña batalla de placer fue interrumpido únicamente por el chisporroteo agónico de la leña en la chimenea. Julian no se había movido de mi lado; me tenía rodeada con un brazo, trazando círculos perezosos sobre mi vientre con la punta de sus dedos, una caricia que me hacía sentir como si fuera de porcelana fina y no la chica que hace tres horas casi incendia una cocina. De repente, su mano se detuvo y sentí su mirada fija en el perfil de mi rostro. —Ariadna —murmuró, su voz recuperando esa vibración profunda que me revolvía el estómago—. ¿Por qué? ¿Por qué querías perder la virginidad precisamente ahora? Me quedé mirando el techo de madera, tratando de encontrar una respuesta que no me hiciera sonar como una loca o una desesperada. —No lo sé —re

