Me quedo estática. Mi cerebro intenta formular una broma, una ocurrencia sobre contratos de exclusividad o sobre cómo mi desastre es un servicio premium, pero no sale nada. Solo puedo mirarlo, consciente de que lo que empezó como un error logístico en una mansión que se ha convertido en algo que ninguno de los dos puede controlar. —Pues... —susurro, mis manos temblando sobre su pecho—, me temo que ya es muy tarde, Sterling. Porque mis piernas todavía me duelen, pero mi corazón... mi corazón ya ha firmado el contrato sin leer la letra pequeña. Él me besa de nuevo, pero esta vez es diferente. Es un beso que sabe a despedida del pasado y a bienvenida a un presente caótico, divertido y peligrosamente real. —Entonces —dice él, rompiendo el beso pero sin soltarme—, ¿hacemos las maletas para e

