—¡Ves! —le grité, tratando de limpiar la grasa de mis tobillos con un trapo sucio—. ¡Te lo dije! ¡Soy un imán para las desgracias! ¡No podemos ni tener un momento sin que un ave muerta intente matarnos! —Eres... increíble, Flores —dijo él entre risas, secándose las lágrimas de los ojos—. Ni siquiera una bandeja de acero puede con nosotros. Se acercó, me agarró de la cintura y me levantó en vilo, dándome vueltas en medio de la cocina llena de harina y restos de cena. Yo gritaba y reía a la vez, sintiendo que por fin, en medio de la locura, estaba exactamente donde debía estar. —Mañana —dijo él, bajándome pero sin soltarme—, vamos a limpiar esto. Vamos a conseguir ese pavo. Y cuando mis padres lleguen, les presentaré a la mujer más desastrosa, auténtica y maravillosa que he conocido. —¿E

