Julian me miró con una intensidad que me hizo sentir que me estaba leyendo el alma. Una sonrisa lenta y poderosa apareció en sus labios, una sonrisa que prometía un viaje sin retorno. —Entonces... conocerás mi polla —dijo, y se alejó un poco, rompiendo el contacto visual que nos unía. Con los ojos como platos, viéndolo. La penumbra de la cabaña, las llamas moribundas en la chimenea, todo parecía conspirar para crear un ambiente irreal. Julian terminó de quitarse lo poco que le quedaba, sin apartar sus ojos de los míos. Se deshizo de sus calzoncillos de marca con un movimiento fluido, revelando su masculinidad en toda su gloria. Y Dios mío. Tragué grueso. El aire se volvió más pesado. Ya no era una "pistola" o un "deseo duro". Era una realidad contundente, una evidencia innegable de que

