En ese momento, mis ojos se iluminaron como las luces de Times Square en Navidad. El hambre, que había estado dormida por culpa de la adrenalina y el sexo, despertó con la fuerza de un león hambriento. Mi estómago rugió tan fuerte que juré que Julian lo sintió a través del agua. —¡Siii! —exclamé, dando un saltito en el agua—. ¡Quiero comida! ¡Mucha comida! Quiero esas cosas que solo comen los ricos y que tienen nombres que no sé pronunciar. Quiero trufa, quiero langosta, quiero chocolate del que viene con láminas de oro y me hace sentir que estoy comiendo un lingote. ¡Tengo un agujero n***o en el estómago, Sterling! Después de todo este ejercicio de "alto rendimiento", necesito recuperar calorías para las próximas tres vidas. Julian se ríe, una risa de verdad que le ilumina la cara. —He

