Me senté con cuidado, sintiendo un leve hormigueo en las piernas, un recordatorio físico de nuestra "cena" de hace unas horas. El jet lag me estaba golpeando la nuca como un cobrador de deudas persistente. Mi cuerpo decía que era hora de almorzar en Toronto, pero la oscuridad que se filtraba por las rendijas de las cortinas motorizadas me gritaba que Dubái seguía sumergida en la madrugada. Me levanté sin hacer ruido. La desnudez en esa suite se sentía natural, como si la ropa fuera un concepto primitivo que ya no aplicaba para mí. Caminé de puntillas, sorteando las sombras, tratando de llegar a la puerta para buscar un poco de agua. El desierto te seca el alma, y el sexo con Julian Sterling te seca hasta la última gota de saliva. Iba a ciegas, confiando en mi memoria espacial —que es pés

