+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+ Julian me mira con una chispa en los ojos que no es solo lujuria, es algo más profundo, una especie de invitación a un club exclusivo del que yo no tengo ni el carné de socia. Me agarra de la mano y me guía hacia el fondo de ese closet infinito. Yo voy ahí, caminando en cueros, sintiendo el aire acondicionado en mi piel y pensando que si un fotógrafo nos viera ahora mismo, ganaría el premio a la imagen más bizarra y glamurosa del año. Él se detiene frente a una sección de la pared donde cuelga un cuadro abstracto que probablemente cuesta más que mi futura casa. Con una elegancia que me pone enferma, desliza el cuadro hacia un lado, revelando una pantalla digital de alta tecnología. Pone su huella dactilar, se escucha un bip electrónico y, de repente, la pared entera

