Se inclinó para besarme, un beso que supo a sol, a arena y a esa promesa de "nosotros contra el mundo" que habíamos sellado en Toronto. Pero el momento fue interrumpido por un grito que venía desde el campamento. —¡Ariadna! ¡Julian! —Era la voz de mi madre, pero sonaba extraña, cargada de una agitación que me puso los pelos de punta. Nos separamos de golpe y miramos hacia abajo. Miguel estaba de pie junto a su vehículo, rodeado por los guardias de seguridad, y Helena hablaba frenéticamente por teléfono. —¿Qué pasa ahora? —pregunté, sintiendo un presentimiento helado en el estómago. Corrimos duna abajo, enterrándonos en la arena, hasta llegar al centro del caos. Mi madre corrió hacia mí, con el rostro pálido. —Hija... el señor... se ha puesto mal —sollozó ella—. Le ha dado un dolor fue

