—Ese anillo, Ariadna, es un secreto —respondió ella sin detenerse—. Y una Sterling no puede ir por el mundo con el cuello desnudo. Necesitas algo que diga "pertenezco aquí" sin que tengas que abrir la boca. Porque, querida, cuando abres la boca, Toronto sale disparado y nos arruinas la mística. Entramos en una joyería que parecía una caja fuerte de cristal. El aire allí dentro olía a ozono y a dinero antiguo. Un hombre con guantes de seda nos recibió como si fuéramos la realeza exiliada. Helena se sentó en un diván de terciopelo y me hizo una seña para que me pusiera a su lado. —Quiero algo con fuego —ordenó Helena—. Rubíes birmanos o diamantes de sangre, no me importa, siempre que grite "poder". Vi cómo sacaban bandejas de terciopelo n***o. Las gemas brillaban bajo los focos con una in

