Me miré. Lentamente, fui bajando las manos. El rojo, bajo la luz directa del salón, era intenso, sí, pero tenía unos matices violetas y cobrizos que, si lograba ignorar el shock inicial, le daban a mi rostro una dureza aristocrática que nunca había tenido. Parecía... poderosa. Parecía una mujer que no pedía permiso para entrar en una habitación. —Julian se va a quedar sin habla —susurró Helena con una chispa de malicia en los ojos—. Y créeme, después de lo que ha hecho con su vida y con este matrimonio secreto, verlo mudo de impresión será mi mayor regalo de este viaje. —¿Usted cree que le guste? —pregunté, todavía con la voz quebrada—. ¿O va a pensar que me he vuelto loca de poder? —Va a pensar que es el hombre más afortunado del desierto —sentenció Helena, haciéndole una seña a Jean-P

