+ La cena comenzó. El servicio era un desfile silencioso de platos que parecían obras de arte minimalistas. Yo apenas probaba bocado. Sentía la tensión en la mesa: Helena vigilando cada uno de mis gestos con los cubiertos, mi padre político, el suegro, manteniendo una conversación técnica sobre petróleo con Julian, y mi madre, sentada allí, ajena a la tormenta de mentiras que nos rodeaba. —Ariadna, querida —dijo Helena en voz alta, captando la atención de todos—, ¿qué te parece el sabor del caviar beluga? Es el favorito de Julian. Tragué saliva. Todas las miradas se posaron en mí. Mi madre me miraba con orgullo, esperando una respuesta inteligente. —Sabe a mar, señora Helena —respondí con una pizca de mi viejo sarcasmo—. Un mar muy caro y un poco salado. Pero supongo que para eso estam

