+ Salí de la habitación sintiéndome como una niña que se había probado la ropa de su papá para jugar a los adultos. La camisa de Julian me quedaba tan grande que los puños me colgaban como campanas, y los pantalones de cachemira, aunque eran la cosa más suave que había tocado en mis diecinueve años de existencia, me obligaban a caminar con las piernas un poco abiertas para no tropezar con el exceso de tela en mis tobillos. Bajé las escaleras con una mezcla de cautela y una urgencia animal. Mi estómago, que anoche fue el escenario de una batalla campal entre el vino y el ribeye, ahora rugía reclamando justicia. El eco de mis pasos descalzos sobre la madera pulida era lo único que rompía el silencio sepulcral de la mansión, hasta que llegué al umbral del comedor. Me detuve en seco. Mi man

