Julian venía caminando por el pasillo central. Traía un pavo enorme envuelto en plástico bajo un brazo y la lista de mamá en la otra mano. Su expresión era de pura confusión al principio. Miró el alboroto, miró al guardia... y luego me vio a mí. Se detuvo en seco. Sus ojos hielo se clavaron en mis muñecas esposadas y luego en mi rostro cubierto de lágrimas y vergüenza. El aire alrededor de Julian pareció congelarse. No comprendía lo que pasaba, pero vi cómo su mandíbula se tensaba tanto que pensé que se le romperían los dientes. —¿Qué... demonios... es esto? —su voz no fue un grito, fue un susurro mortal que hizo que hasta el guardia se detuviera. —Señor, no se acerque, estamos deteniendo a una delincuente —dijo el guardia, hinchando el pecho. Julian soltó el pavo. El sonido de la carn

