—¿Por qué? —pregunté, sorbiendo por la nariz—. Tú no me esposaste. Tú no llamaste a seguridad. —Por dejarte sola —respondió, girándose para mirarme. Sus ojos ya no estaban llenos de furia, sino de una melancolía profunda—. Sabía que tenías miedo de encontrarlas y aun así dejé que te alejaras. No debí permitir que pasaras por eso, Ariadna. —Fue horrible, Julian —confesé, dejando que una última lágrima rodara por mi mejilla—. Me miraban como si fuera basura. Como si el hecho de que mi mamá limpie casas me quitara el derecho de comprar nueces en el mismo lugar que ellas. Él extendió la mano y, con una delicadeza que me desarmó, me apartó un rizo de la cara. Su pulgar rozó mi pómulo, justo donde la lágrima se había secado. —Tú no eres basura, Flores —dijo, y su voz vibró en el espacio cerr

