+ El plato de porcelana blanca con el ribeye perfectamente cortado y las verduras relucientes era una obra de arte. El aroma era tan complejo y delicioso que mis ojos casi se llenaron de lágrimas. Después del miedo, del licor barato y del ridículo, esta era la cúspide de la civilización. Agarré el tenedor y corté un pedazo de la carne. El tenedor se hundió sin esfuerzo. Me llevé el bocado a la boca. El sabor me hizo cerrar los ojos. No era solo carne; era una experiencia. Era jugosa, tierna, perfectamente sazonada, con un toque ahumado que contrastaba con la frescura del vino. Abrí los ojos, mirando a Julian, que me observaba con una calma olímpica. —En serio —dije, sintiendo que mi voz sonaba infantil por el placer—. ¡En serio! Corté otro pedazo y lo llevé a mi boca con la misma avid

