No hubo respuesta, solo el sonido de alguien tratando de contener la respiración. Mi corazón se encogió. Sabía que estaba allí, escondida entre sacos de harina y latas de conserva, rompiéndose en pedazos por mi culpa. —Ariadna, abre la puerta. Tenemos que hablar. Y esta vez... esta vez no hay Protocolo que valga. + Entré en la despensa con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. El espacio era estrecho, iluminado apenas por una bombilla amarillenta que colgaba del techo, y olía intensamente a canela, patatas terrosas y a esa tristeza punzante que solo Ariadna Flores era capaz de proyectar. La encontré allí, sentada sobre un saco de papas de cincuenta kilos, con las rodillas pegadas al pecho y rodeada de hojas de papel arrugadas que parecían víctimas de un

