Enzo miró en completo silencio a Atenea mientras las palabras pronunciadas por la joven le taladraron la conciencia y el corazón. «Acepto irme contigo a Roma, Adriano» «Acepto irme contigo a Roma» «Acepto irme contigo a Roma» —Atenea —Enzo se atrevió a pronunciar. Sabía muy bien que nada de lo que dijera iba a borrar la cagada que había cometido en un momento de furia, aun así, intentó hacerse escuchar—. Lo lamento, no tienes que tomar una decisión tan drástica. Eres ya parte de la empresa y la gente ya sabe de tu llegada, y… —No es necesario que digas nada más. Me ha quedado muy claro la situación, no soy tonta, aunque quizá lo has llegado a pensar —Atenea se puso de pie con toda la elegancia heredada de la dinastía Stavros, elevó una ceja color carbón y habló: —Gracias, Olimpia, te

