1

1092 Words
Lunes: Todo empezó de forma tranquila. O todo lo que “Tranquilo” significara en la casa en donde vivía. Era imposible llamarle hogar. En ningún hogar debía de sufrirse, pero cuando amas a alguien intentas ocultar cosas. Todo el tiempo. Mamá creía que nadie lo veía, que nadie sabía de los moretones bajo su falda o de el golpe que se daba constantemente en la cara y que insistía en decir que había sido bajando de las escaleras. La casa sólo tenía una planta. Tomé una jarra de café, hacía mucho frío y mamá estaba sentada en la sala con una manta sobre sus hombros y los ojos puestos en las televentas. –¿Qué haces despierta tan temprano? –me preguntó y caminé hacia ella. –Voy a una entrevista de trabajo– sonrió. Me gustaba verla sonreír. –¿En serio? ¡Vaya, Paulette! Sé que te irá bien, linda– me reí. –Ni siquiera te he dicho de qué va el empleo. –Eso no importa, sé que te irá bien– dijo sonriendo– Eres muy lista. Así como yo–cubrí mi sonrisa con la jarra pero no hizo falta demasiado para eliminarla. Gaspar llegó. –¿Por qué tanto ruido a esta hora del día? –Usaba calzoncillos y tenía cara de pocos amigos. Unos diez años menor que mi madre quien por algún motivo que nunca he entendido terminó flechandose con él a tal punto de incluso casarse. Ella se levantó como borrego obediente poniéndose ante sus pies. –Mi amor, lo lamento, estaba… No pude dormir demasiado– se excusó bastante nerviosa– Y Paulette va a una entrevista de trabajo. –¿De verdad? –me miró burlón. Tenía la barba alargada y el cabello rubio cenizo bastante revuelto– Eso sería un milagro. Con un trabajo dejarías de ser una carga para mis hombros– retuve mi respuesta porque honestamente no quería discutir. No soy de las que se callan y ambos lo saben pero por hoy, sólo por hoy, lo dejaría pasar. Me puse de pie. –Voy a prepararme– le avisé a mamá quien se había puesto a calentar una vez más el café porque a Gaspar no le gusta sino humea y ella hace todo lo posible para complacerle. El problema está en cuando no lo hace. Tomé un pantalón n***o bastante usado pero que aún lucía bien, una camiseta de mangas largas y rayas blancas y negras en vertical, unas bailarinas del mismo color y opté por dejar mi cabello suelto para variar. Maquillé mi rostro muy sutilmente y mis labios de un intenso rojo buscando que de alguna forma no se burlaran de mi por mi rostro aniñado. Era una extraña combinación y es que mientras mi cuerpo era tan curvilíneo como cualquier mujer con descendencia latina mi rostro y estatura me robaban edad. Tenía veinte años y aparentaba unos dieciséis. Tal vez ahora fuera un problema pero estoy segura que en algún tiempo será una bendición para mí. –Luces maravillosa, mi amor–dijo mamá con una media sonrisa sentada a la mesa junto a Gaspar, ella no comía, él sí. Respiré hondo e imité su mueca. –Gracias– dije con honestidad. –¿Harás algo hoy? Ella miró a su marido quien alzó la vista atento a su respuesta. –Limpiar la casa, comprar el mercado…– se encogió de hombros– Lo de siempre, nena. –Bueno– hice una mueca con los labios– Volveré pronto. – Tárdate todo lo que quieras– dijo Gaspar interviniendo en la conversación sin ser llamado. –No lo creo, cuando el gato no está en su casa las ratas callejeras hacen fiesta– dije mirándolo a los ojos sin un poco de miedo y vi cómo me detestaba. Caminé hacia la puerta sin oír más nada y sin mirar tampoco a mi madre que siempre empalidecía cuando me veía enfrentándolo. Porque me cansé de que no se defendiera y empecé a hacerlo por mí y por ella a la vez. El día transcurrió bien, quizás me llamarían, quizás no. Era difícil saberlo cuando había ocho personas más postulandose para el cargo de secretaria. Eso me sacaría de aquella casa pero no podía tener muchas esperanzas. No valía la pena. Fue al volver que me encontré con el peor escenario que una vez pude imaginar. Dos patrullas estaban sobre el césped seco de la descuidada casa que mi padre dejó para mamá y para mí. Apresuré el paso para entrar, en la sala dos oficiales hablaban con Gaspar quien tenía cara de consternación que a mi parecer era bastante exagerada. –¿Qué pasó? –pregunté interrumpiendo al trío de hombres que me miró y uno de los policías se puso de pie. –¿Eres Paulette Emil? –tragué grueso al asentir. –Pau…– dijo Gaspar con el rostro lleno de lágrimas y fruncí el ceño. Nunca antes me había llamado de ese modo. –Pau, tu mamá… –¿Qué le hiciste? – pregunté furiosa acercándome a él con ira. –Espere, señorita– el policía se interpuso entre ambos. Estiré la mano y por poco toco su cara, pero el oficial me alejó cuando lo miraba con los ojos como platos y llena de furia. –¡¿Qué carajos le hiciste a mamá, pedazo de escoria?! -Él no hizo nada, ya cálmese– dijo el policía con seriedad. Lo miré intentando calmarme, necesitaba hacerlo sino terminaría encarcelada en su lugar– Su madre ha sufrido un accidente, un… Un automóvil la arrolló– abrí los ojos como platos. Toda fuerza abandonó mi cuerpo. –¿Qué? –pregunté en un susurro. Miré a Gaspar encogido sobre el sofá. Miré al otro oficial que lucía bastante incómodo y quizás anhelaba acabar el turno sólo para volver a casa y abrazar a su familia. –Eso no puede ser verdad. –Estaba a dos calles de el supermercado– explicó el hombre que ya no me sostenía, caí de espalda sobre una silla que había en la sala porque no teníamos mucho sitio donde sentarnos con las pocas visitas– Un conductor distraído con el celular cruzó un semáforo en rojo y…– tragó grueso. Sabía como terminaba eso, él no lo quería decir en voz alta pero mi mente lo completó por él. Me imaginé a mi madre muriendo en medio de la calle, de golpe, sin nadie que hiciera nada y sin poder hacerlo de todos modos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD