Era joven e inexperta, pero no era una cobarde, en su sangre llevaba el legado de la reina de Chicago, sentir miedo ante lo desconocido no estaba en ella, sino todo lo contrario, la adrenalina corría por sus venas ante la intriga que causaba no saber que sucedería, se sentía viva, mientras su mano acariciaba el pene de Horus, por encima del pantalón, provocando que el mayor se removiera inquieto en el asiento, sus ojos brillaban, mientras los de él se oscurecían, le gustaba esa sensación, que la vean con hambre, con deseo, con pasión, con todo lo que Pedro no la vio.
Ella era Dulce De Luca, la princesa de Chicago sobrevivió al ataque de una boa constructora, a un trasplante de hígado, al abandono de su madre en sus primeros años de vida, sobreviviría a Pedro, claro que lo haría. Sacando el valor que solo un Constantini tiene cuando se propone algo, comenzó a bajar el cierre del pantalón n***o y como consecuencia Horus quiso orillarse.
— Ah, ah, no daddy, así no juego. — dijo sobre el oído de Horus y sacando su pene por la abertura del pantalón.
— ¿Qué? — casi gimió, al preguntarlo, pero que hombre no lo haría si una joven de 18 años con unas curvas mortales se pusiera a jugar con la punta esponjosa y húmeda de su pene, como si fuera el mando de un video juego.
— Necesito llegar al aeropuerto, no te detengas… y yo no lo hare. — rebatió con una sonrisa perversa.
— Dios.
Gimió, no solo por ver su sonrisa traviesa, sino que en tiempo récor atrapo su pene con los labios, Horus sentía que estaba en la gloria, podía sentir cierta inexperiencia en la boca de la joven y le encantaba, tanto que tomo su cabello en un manojo desordenado y comenzó a guiar sus movimientos, mientras su pie apretaba el acelerador a fondo, se matarían, estaba seguro, pero si ese era el precio por pagar por tan delicada boca lo haría.
— Así pequeña, si… Dios, sigue así.
La suave lengua se arremolinaba en la punta ancha y rosada de su pene, sentía como la saliva bajaba por su falo, y como una de sus pequeñas manos acunaba sus testículos, levanto su cadera de forma inconsciente, buscando follar aún más profundo esa virginal boca, lo que provocó que pisara aún más a fondo el acelerador, casi perdiendo el control del vehículo.
— ¡Maldición! — grito recuperando el control del automóvil y deteniéndose a un lado del camino.
— Mmm, perdiste Daddy, ya no jugare contigo. — el cerebro de Horus se desconectó al verla lamer sus labios, ¿erotismo? ¿Qué rayos era eso si no podían ver a semejante mujer calentar a un hombre con solo una mirada?
— Ha no pequeña, tu jugaras, pero como yo diga, hazle caso a tu daddy y se buena niña.
Si alguna vez alguien le hubiera dicho a Horus que jugaría a ser daddy con una joven que apenas conocía, se hubiera partido de la risa, pero no lo podía evitar, cada acción de esa mujer lo incitaba a ceder, cada vez un poco más, como ahora que estaba dispuesto a ser llamado daddy, y todo para complacerla. Mientras Dulce se perdía en la forma tan desesperada en la que Horus la tomo de la cintura, como con un ágil movimiento, llevo su asiento hacia atrás, para dejarla en cuclillas sobre él, su pene empujaba la delicada tela de su ropa interior, como una lanza tratando de entrar en ella.
— ¿Me vas a follar daddy? — su sonrisa, esa maldita sonrisa cargada de burla y autosuficiencia, Horus la había visto antes, pero no podía imaginar que naciera otra mujer con la sonrisa de la reina, era imposible.
— Así es pequeña, y todo porque eres una niña muy mala, no te llevare a esa habitación de hotel que había preparado para ti, te daré duro aquí mismo. — respondió llevando sus manos por debajo del vestido de Dulce y apretando sus nalgas, frotándola sobre su erección.
— Mmm, si daddy, hazlo. — le gustaba, le encantaba y no pensaba negarlo ni preocuparse en que estaba a punto de follar con el hombre que provoco su desgracia y todo porque Horus estaba enamorado de su madre.
— Dame un beso pequeña.
— Lo has dicho tu daddy, soy una niña mala… oblígame.
Cada persona en el mundo carga con un secreto, algunos, con más de uno, Horus cargaba con un imperio de mentiras sobre él, para todos era Horus Bach Zabet, hijo de Lucero y Eros, futura cabeza de la familia Bach, aquellos que se movían entre la luz y la sombra, esos que almorzaban con políticos, empresarios y famosos, pero que cenaban con mafiosos, asesinos y sicarios. Esa era una mentira, Horus no merecía ser la futura cabeza de la familia, y eso se debía a que no era un Bach, tampoco un Zabet, él era el hijo de Tiago Anderson y Dulce Ángel, difunta hermana de Hades, quien lo dejo al cuidado de su mejor amiga Lucero y de su primo mayor Eros Zabet, sin saber que tan perdido estaría en la vida su hijo, y es que este hombre de 30 años, aun no sabía si era un empresario, un líder o si la sangre Ángel algún día haría presencia en él y se convertiría en asesino, como su tío y primos. Pero por alguna extraña razón, con esa joven entre sus manos, ya no le importaba, no le interesaba saber que era o debía ser, solo le importaba el presente y ese era follar a esa hermosa criatura que se mecía sobre su regazo, mientras él apretaba su cabeza evitando que escapara del pasional beso que le estaba dando.
— Casi me dejas sin aire… — comenzó a quejarse cuando al fin el hombre libero sus labios y le permitió respirar. — Dios. — gimió con fuerza ya que Horus había deslizado su diminuta braga y se había hundido en ella de una sola estocada, como el hombre experto que era.
— Eso te pasa por provocarme pequeña, daddy te dará en que pensar.
Las manos de Dulce se aferraban a los amplios hombros de Horus, mientras las grandes manos de él la obligaban a revotar sobre su v***a, aun en el frenesí de sensaciones que la estrecha v****a le causaba, Horus se aseguró que la cabeza de la “pequeña” no chocara con el techo del automóvil. Para Dulce, la forma brusca con la que Horus la estaba tomando le gustaba, era el opuesto de Giovanni, en sus ojos no había dulzura, ni amor, solo deseo y pasión, fuego, eso era Horus, y lo agradecía, porque en ese momento estaba ardiendo de placer, y eso provocaba que se olvidara de Pedro, solo podía sentir a Horus llenarla, la manera tan erótica en como gemía y hacia ruidos guturales de puro placer, un placer que ella provocaba, podía hacerle perder la cabeza a un hombre de 30 años, uno que cuando tenía 17 estuvo enamorado de su madre, y la parte morbosa de Dulce hizo presencia, provocando que dejara de gemir y riera.
— ¿Te estas divirtiendo pequeña? — Horus la hizo brincar un par de veces más, para luego dejar que se meciera sobre él como le apeteciera, ya que se detuvo a bajar el escote del vestido y hundir su cara en los redondos y tersos pechos de Dulce.
— Si Daddy. — una risilla casi infantil salió de sus labios y Horus estuvo a punto de venirse en ella de puro gusto. — Este juego me gusta. — y allí estaba una vez más ese lado dominante que Dulce no sabía que tenía, jalo el cabello de Horus y lo obligo a besarla, mientras se contorneaba sobre él, su pene la llenaba al completo, su clítoris rozaba contra la pelvis del mayor, estaba sintiendo esa tensión tan deliciosa en su bajo vientre y Horus sabía que estaba a nada de acabar, ya que su v****a comenzó a apretarlo cada vez más.
— Bien pequeña, deja que tu daddy te dé un poco de su leche. — sentía sus mejillas calientes, Dulce se había sonrojado y no lo creía, pero es que no lo pudo evitar, Horus era un hombre, uno que ante la prensa se mostraba frio y distante, inalcanzable, sin embargo, ahora decía cosas, obscenas y le encantaba, este juego le estaba gustando y se preguntó si tendría que investigar más sobre el tema, ¿Cómo puede ser que me caliente por decir daddy? Dios estoy loca, se criticó a ella misma.
— Hazlo Daddy, por favor, dame todo. — definitivamente tendría que investigar que era todo eso.
Mientras que para Horus escucharle decir tal cosa lo hizo explotar en chorros cálidos y pegajosos, apretando sus muslos, el mejor orgasmo del mayor se podría decir, y eso sumaba un nuevo problema para este hombre, no podía creer que hizo y dijo todo aquello, se suponía que debía tener una conducta intachable, pero en su defensa, esa joven lo enloqueció desde que la vio llegar de mano de Pedro, su primo, trato de quitar la culpa de su ser, la pequeña ya lo había dicho, y por el golpe en su mejilla estaba más que claro que las cosas con Pedro no terminaron nada bien.
Dulce no fue ajena a la sensación del semen de Horus llenándola, lo que la sorprendió fue alcanzar su propio orgasmo solo por sentir su liquido caliente recorrerla, era como si estuvieran coordinados. Era diferente, muy distinto a lo que sucedió con Giovanni y a años luz de lo que no debió pasar con Pedro, se permitió quedarse un momento recostada en el pecho del mayor, sin esperar nada de él, después de todo, solo era sexo, pero apenas coloco su mejilla sobre el pecho de Horus, este la envolvió de una forma cariñosa con sus grandes brazos, la presiono un poco más contra él y beso su coronilla.
— Nadie puede golpearte, no debes permitirlo. — la voz de Horus era seria, atrás quedaba esa jocosidad con la que le hablo durante todo el camino, y a Dulce le comenzaron a picar los ojos al recordar porque se lo decía, Pedro la había golpeado, su Pedro, su amigo, su amor.
— Yo lo provoque. — dijo regresando a su asiento, sintiendo el vacío que en ella quedaba, no solo porque el pene de Horus ya no estaba en su interior, sino que su pecho se sentía extraño, como si estuviera vacío.
— Mírame. — Horus tomo con firmeza su barbilla, para que lo viera a los ojos, aun así, su agarre no la lastimaba. — No existe excusa para eso, nadie puede golpearte, no importa si tiene problemas de ira, si tuvo un mal día o si le escupes en la cara… no dejes que nadie te lastime princesa. — termino pidiéndole mientras acariciaba su mejilla, aunque en realidad estaba limpiando una lagrima que por ella caía.
— Será mejor que me llevas al aeropuerto, mis padres están por llegar.
Fue todo lo que pudo decir, para luego acomodar su ropa y por supuesto, tomar el pequeño bolso de mano que había dejado a un lado del asiento, Horus tampoco dijo nada, solo condujo los pocos kilómetros que faltaban, la observo de reojo como maquillaba su rostro, ocultando el golpe, en el fondo eso lo molesto, se preguntó si el idiota de su primo ya la había golpeado antes y por eso la joven tenía experiencia maquillándose, claro que Horus no tenía como saber que el don en el maquillaje de la joven se debía a que pasaba horas viendo a su madre arreglarse, mientras más la miraba, más ansioso se ponía, no sabía dónde vivía, y si, ella parecía que venía de una familia adinerada, le resultaba muy raro no conocerla, ya que él era el soltero más codiciado, tanto empresarios como mafiosos les presentaban a sus hijas, las ofrecían como carne en el almacén, todos soñaban con que él fuera su yerno, un Bach, entonces la mente de Horus se inquietó aún más, la joven dijo que tenía papis, entonces…
— Si necesitas dinero, ayuda, cualquier cosa, no dudes en contactarme. — Dulce dejo de verse en el espejo para ver al mayor no estaba bromeando, eso estaba claro.
— Gracias Horus, pero no soy una golfa, no te voy a cobrarte por follar. — respondió completamente indignada, pues no sabía porque el castaño había llegado a esa conclusión.
— Dios no lo dije por eso… olvídalo. — no podía preguntarle con cuantos hombres estaba para poder comprar las joyas que su padre Eros fabricaba, no quería faltarle el respeto de esa forma. En un silencio incomodo descendieron del automóvil, pues ya habían llegado al aeropuerto, Dulce se sorprendió al ver que tomaba sus maletas.
— Está bien, solo deja mis maletas en el carro y regresa o te perderás la boda. — esa era una de las razones por la que la joven no le permitió parquear el automóvil cuando le hizo un oral, pues Alejandra a pesar de no recordarla la trato muy bien, no quería que su primo faltara a su boda.
— Alejandra comprenderá si no estoy presente, soy un Bach niña, si Pedro no supo cómo tratarte, yo sí. — Horus no estaba ayudando a Dulce con sus palabras, ya que cada vez que escuchaba el nombre del latino se sentía morir un poco más. — Además quiero saber dónde vives, donde puedo localizarte. — sexo, todo se resumía a eso, se dijo la joven y no tenía problema con aquello, solo que había un detalle, Horus no podría ir nunca a donde ella vivía, lo tenía prohibido, Horus Bach no entraba en Chicago, a no ser que quisiera morir en manos de su madre y sus padres.
— Olvídalo, Horus, no se repetirá. — rebatió un poco nerviosa ya que al ingresar en el aeropuerto vio que sus padres ya estaban allí, con un grupo de sus hombres de confianza. — Será mejor que regreses. — pidió con la garganta seca al ver como el rostro de su madre se desfiguraba por la furia al reconocer Horus a su lado.
— ¿Acaso no te gusto follar conmigo? — nunca había insistido por compañía, no lo necesitaba, su físico, rostro y apellido lo ayudaban a conseguir a la mujer que quisiera, pero allí estaba, tratado de convencer a una joven de volver a verse.
— Cierra el pico o mis papis te mataran, ahora corre. — susurro con los dientes apretados y la tez un poco pálida, en la mente de Horus eso significaba que sus posibles amantes fueron por ella y no sus padres biológicos, algo que lo molesto, esa joven no podía venderse por un poco de joyas, si ese fuera el caso, él podría cubrirla de ellas.
— ¿Quiénes son tus papis? — indago molesto y un poco más alto de lo normal, provocando que Dulce se olvidara del maravilloso orgasmo que le había brindado el mayor, y recordara que llevaba años sin probar un chocolate por culpa de Horus.
— Ellos. — informo apuntando al frente, donde Valentina Constantini avanzaba siendo flanqueada por sus seis esposos.
— No puede ser. — susurro de la misma impresión, hacia 13 años que no veía en persona a la reina de Chicago, aunque si había visto en más de una oportunidad a sus esposos, cuando habían reuniones que requerían la presencia del futuro heredero de los Bach, lo que siempre terminaba con la eterna amenaza de “Algún día te matare” le decía Leonzio apenas se marchaba, “ Duerme con un ojos abierto, uno nunca sabe lo que puede pasar” era la frase favorita de Ezzio, “Sueño cada noche con arrancar tu cabeza, algún día lo hare realidad” le susurraba Lupo al pasar por su lado, “ El Ángel de la muerte no es eterno y cuando él no este, tu conocerás el infierno” la oscuridad en los ojos de Salvatore lo asustaban más que su amenaza en sí, “Tu no llegaras a ser la cabeza de los Bach, antes te mataremos” Ángelo solo sonreía cuando lo amenazaba y eso era tenebroso, “ A mí no me importa tu familia, ni quien es tu tío, sigues vivo porque la reina así lo quiere, pero si a mi princesa le sucede algo, tú te mueres” Rocco, a él si le tenía miedo, se decía que era lento de mente, y eso lo hacía peligroso, no comprendía o simplemente no le importaban las normas, Rocco era más de actuar y luego pensar, como ahora que lo lanzo al piso de un solo puñetazo.