Cena

530 Words
Tragué grueso por su raro comentario y se dio cuenta, porque ni siquiera parpadeó o desvió la mirada. —Dices cosas muy raras. —Han estado todo el día curioseando. Deberían regresar. Tendrán días de sobra para conocer los alrededores y las afueras del castillo. —¿Las afueras del castillo? ¿Significa que podemos salir de aquí? —Por supuesto, pero no solas. —¿Podemos visitar a su mamá? —¿Echas de menos la vida que tenías antes? Su pregunta me pareció curiosa y extraña a la vez, pero supongo que puedo responderla. —Sí, echo de menos a su mamá, al santuario y sus visitantes. —Podrás visitarla, pero debes entender que tu lugar está aquí; en el castillo y al lado de mi hermano. —Lo entiendo. Durante la tarde estuvimos encerradas en la pequeña biblioteca que se encontraba en el salón de actividades. Los libros eran antiguos, la mayoría de historias y escritos en latín, además yacían envueltos en telarañas. Parece que aquí a nadie le gusta leer. Supongo que podré entretenerme durante la semana despejando este lugar. En la noche me quedé en la habitación con mi hermana, pues de la nada apareció una tormenta, el cielo volvió a nublarse y los truenos y relámpagos no le permitían dormir. Ella pudo caer rendida, era yo quien no podía desconectar mi cerebro. Preferí bajar las escaleras a subirme en ese ascensor que tanto temor me provoca. Hacer algo de ejercicio subiendo y bajando las escaleras nunca está demás. Aunque los cuadros y las pinturas en medio de la noche y la poca claridad es terrorífico. Me siento como en una película de terror. Fui directamente a la cocina, tomé un vaso de cristal y me serví agua. Planificaba subir corriendo con el vaso, pero me detuvo el crujido de la mampostería y rocosa puerta de la entrada. Iba a esconderme de la impresión, pero el camino de las velas que colgaban de la pared se encendieron al mismo tiempo, dejándome al descubierto ante esa misteriosa persona cubierta de una larga capa de terciopelo. Lo más aterrador no fueron que las velas se hayan encendido como por arte de magia, fue ver las patas de lo que parecía un animal colgando de sus manos. Fue un incómodo y silencioso momento, donde no sabía dónde meterme. —Hola, ¿qué tal? — le saludé nerviosa. —¿Qué haces aquí? — reconocí su fina voz, y supe de inmediato que debía ser mi esposo. Aunque tenía muchas incógnitas, la más que me inquietaba era el por qué aún se oculta detrás de esas fachas. —Solo vine por este vaso de agua, pero ya me iba. Te ves genial — sonreí con los dientes de atrás. Dejó caer al pobre animal moribundo en el suelo y sacudió las mangas de su capa. —He traído la cena de mañana. —¿La c-cena? —Sí— empujó con la suela de su zapato el animal y cayó casi a mis pies, algo que me llevó a saltar y escabullirme. Casi muero de un infarto. Él y su hermana son personas extrañas y sin chispa de tacto.
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