Una flor de dos colores
¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen o mal humor depende de sus caprichos! ¡Prodigan amor falso cuando la perfidia¹ las llena y forma como la trama de sus vestidos! Las mil y una noches
La longitud de los pasillos del harén era imposible de medir. La maldad y la ambición de los corazones de quienes residían allí también era imposible de medir. No se culpaba a nadie de elegir determinado camino u optar por ciertas decisiones, pero lo que si estaba claro era que cada quien era responsable de lo que hacía y si algún paso en falso los llevaba a la muerte o la desgracia ellos eran los únicos responsables, nadie más. Así que no podían echarle la culpa a alguien más.
La dama Macnuka, quien había aprendido a desenvolverse en las políticas del harén y sacar ventaja de su elevada posición, ya había tomado una decisión. Ella en el pasado había tenido el estatus más bajo de la sociedad abasí; fue una esclava. Sin embargo, tras la muerte del anterior emperador su estatus de esclava había desaparecido. Pues, la consorte Azzar quien ocupaba la cúspide del poder en el harén le había otorgado el título de noble dama del palacio. A pesar de toda la suerte que tuvo, ella no se conformaba con esas “miserias”, expresión que había utilizado en muchas ocasiones al referirse a su estado de dama noble del palacio. Este deseo de autoridad y reconocimiento despertó sus más bajos instintos. Esto se vio evidenciado tiempo después, ya que toda su ambición salió a flote cuando la emperatriz viuda nombró como príncipe heredero al hijo de ella, el príncipe Hadid. En un principio no entendió la razón por la que la emperatriz nombró a Hadid en lugar de Rashid, el que parecía ser el principal heredero del imperio, el que además era el hijo de la reina viuda. Pero, después le restó importancia y vio la oportunidad idónea de escalar a una posición que no le pertenecía y nunca le podía pertenecer si no jugaba sucio. Y eso fue lo que hizo, empezó a desempolvar su arsenal de artimañas para usurpar el lugar de la reina viuda… La manera de hacerlo era a través de su hijo, quien había sido nombrado como el heredero. Si lograba que Hadid despreciara a la reina y en cuanto se hiciera rey la depusiera, entonces así iba a ocupar el lugar de ella, la viuda del imperio, como debía ser. Su hijo se convertiría en rey, ella no podía quedar siendo solo una dama sin relevancia o estatus. Algo se tenía que inventar.
—Presento mis saludos, dama Macnuka —una mujer entró a la cámara.
—Por fin estás aquí —comentó con una sonrisa—. Te estoy esperando.
—Tan pronto como mi doncella dijo que me había llamado me apresuré a venir a aquí.
—Nuera, me alegra que estés aquí, porque tengo una tarea que asignarte… Más bien quiero hacerte una consulta.
—Prestaré atención a cada una de sus palabras, suegra.
Macnuka se acomodó un poco más en el enorme sillón mientras veía como lo pájaros pasaban por encima de su cabeza. El día estaba esplendido.
—Faiza, he cometido un grave error, le propuse a la reina viuda casar a Shaina con Hadid. Lo peor es que ella aceptó —confesó en un susurro—. Creo que no pensé bien las cosas y en mi afán por endurecer las alas de Hadid en la turbulencia política de la corte, terminé echándome la soga al cuello… No sé cómo cancelar todo sin levantar las sospechas de la emperatriz viuda.
— ¡Shaina! —Se sorprendió al escuchar el nombre de la sobrina de la reina—. ¿Cómo la reina permitió la unión?
—No accedió de inmediato, es más, no tuve otra opción que aceptar todas sus advertencias.
—Esto es muy difícil de solucionar, dama Macnuka. Mi condición de concubina no me permite hacer más nada que desenvolverme en el harén.
—Lo sé —asintió con desespero—. Solo esperé que tuvieras una solución.
—Puede haberla —contestó y después de pensarlo un poco regresó su mirada a Macnuka—. ¿Alguna vez ha tomado prestadas las manos de alguien para su propio beneficio, dama Macnuka? —Preguntó con una sonrisa lobuna.
Faiza, primera concubina de Hadid era una personalidad difícil de descifrar e impredecible. Eso sí, era implacable cuando se trataba de proteger la posición que tenía o castigar a alguna de sus compañeras y eternas rivales, la segunda y tercera concubina. Sus métodos eran muy cuestionables, pero nadie se lo reprochaba, pues aquel lugar era nada más y nada menos que el palacio. Allí se peleaba por la jerarquía, por elevar de rango y estatus.
— ¿Qué quieres decir? —Macnuka estaba muy interesada.
—En los últimos meses el príncipe Hadid no pasó una sola noche conmigo… Eso me enoja mucho, pues es por causa de la tercera concubina que se ha olvidado de mí —escupió con desdén e ira. Su mirada era un volcán de maldad y resentimiento—, la haré pagar por todo lo que me ha hecho perder. Puedo liberarla a usted de esta unión, pero alguien más tendrá que salir perjudicado.
— ¿Quién?
***
El taller de bordados estaba abarrotado de pedidos para esa temporada del año, era verano y los vestidos hechos con telas de algodón y otras variedades eran las más demandadas. Todos los pedidos se repartieron en la totalidad de los palacios que conformaban el complejo imperial, no hubo ninguno que no recibiera la asignación de ese mes. Zaida bint al-Husaini, tercera concubina del príncipe Hadid inspeccionó con sumo cuidado las prendas que se entregaron esa mañana. Sonrió victoriosa al ver sus vestidos envueltos de manera cuidadosa y apartados de las pertenencias de las otras concubinas que vivían en se palacio, emocionada palpó la suavidad de las telas y gimió de la dicha del descubrir que aquellos bordados no eran fáciles de conseguir en el resto del palacio… Hadid había hecho una buena gestión en la oficina del palacio.
— ¿Qué tienes allí? —Faiza entró a la pequeña cámara y examinó con sus ojos aquellas bellísimas telas—. Es algodón del sur —exclamó con una mueca de alegría en su rostro e intentó tomar el paquete. Sin embargo, Zaida no le permitió acercarse mucho a las telas.
—Esto es mío, el príncipe Hadid mismo me lo ha concedido —expuso con expresión severa—. No tienes derecho a poner tus sucias manos sobre esto.
— ¿Cuáles son las telas que me corresponden? —Preguntó enojada. Tomó el puñado de tela sobrante y común, nada vistosa ni bonita, solo funcional que estaba sobre la mesa— ¿Esto? ¿Pretendes que me ponga esta basura? —Gritó en la cara de Zaida, luego tiró los trapos al suelo—, veces anteriores permití que cobraras la mejor mensualidad, que tomaras las cosas más bonitas y refinadas que se ofrecían en este palacio, pero no dejaré que eso siga ocurriendo. ¿¡Quién te crees!? No eres todavía una reina, tampoco dejaré que lo seas, maldi…
La cachetada que le propinó Zaida fue monumental, la hizo callar de una vez.
¹Perfidia: se usa para denominar a un engaño, una infidelidad o una falta que consiste en violar un supuesto compromiso asumido.