El hospital estaba sumido en un silencio inquietante, roto solo por el ocasional sonido de los pasos de las enfermeras y el murmullo de los familiares angustiados. Edward, sentado junto a su madre, mantenía la mirada fija en la puerta de la sala de espera. Habían pasado ya varios minutos desde que Grace se había excusado para ir al baño, y su ausencia comenzaba a notarse. De repente, las puertas del ascensor se abrieron y los Russo aparecieron: los padres de Giselle y su hermano menor. La tensión en el ambiente se hizo palpable de inmediato. Lorenza, la madre de Edward, les lanzó una mirada fría, aunque educada. —Vinimos a mostrar nuestro apoyo, Lorenza —dijo el señor Russo, haciendo una reverencia casi imperceptible. Lorenza asintió sin decir palabra, pero Edward no pudo evitar fruncir

