Un suave sonido de estática precedió a la voz firme del maestro de ceremonias, resonando en todo el salón elegantemente decorado. —Damas y caballeros, el evento está por comenzar. Por favor, les pedimos que tomen asiento. Un murmullo recorrió a los invitados mientras se dirigían a sus lugares. Edward ajustó el nudo de su corbata y respiró hondo, preparándose para dar inicio a una noche que simbolizaba años de esfuerzo y sacrificio. Justo cuando iba a moverse hacia su mesa, un ruido inesperado lo detuvo: un aplauso solitario, nítido y decidido. Miró hacia la fuente del sonido y vio a su madre, Lorenza, de pie. Sus ojos brillaban con orgullo, y aunque su sonrisa era serena, su aplauso resonaba con fuerza. Edward frunció el ceño, confundido, incapaz de entender qué estaba pasando. Entonce

