No pude contenerme.
—¿Qué le están haciendo? —aullé, desconsolada.
Esas mujeres estaban vengándose con mis compañeros por el comportamiento misógino del patriarcado en el mundo real. Lo sabía, pero era injusto y cruel.
—El mundo es hostil, Abril. Sobreviven los más fuertes. Aquí, somos las mujeres quienes gobernamos… Estos hombres jóvenes podrían ser muy útiles para nuestra reproducción. Por cierto, éste es el conservatorio en donde le damos la vida a nuestras futuras generaciones. En tu mundo, todavía hay lugares en donde las muchachas son cosificadas y vistas como máquinas de parir ¿No es así? Bueno, aquí es todo lo contrario… —hizo una pausa y me observó de reojo—. Debés estar preguntándote qué hacemos con los fetos masculinos ¿Verdad? Sólo conservamos unos pocos, para que nos puedan servir en el futuro…
El corazón me latía con violencia. No soportaba que ningún ser vivo sufriera. Nadie merecía ese cruel trato: ni hombres, ni mujeres, ni animales.
Empecé a sollozar. Mientras lo hacía, me agaché para corroborar le estado de salud de mis compañeros.
Jacinto estaba inconsciente, pero Ariel no. Éste último se hallaba irreconocible. Tenía arañazos en el rostro y enormes heridas en la piel. Me pregunté qué le habían hecho y por qué odiarían tanto a los hombres como para querer asesinarlos…
—Los liberaré —susurré—. Lo prometo.
—Puaj —evidentemente, me había oído—. No pueden gustarte los hombres. Son seres inferiores.
—Todas las personas tenemos el mismo valor, sin importar el género o la e***a —retruqué, sintiéndome valiente. Por lo tanto, me animé a soltar—: libere a mis amigos. Ellos son buenas personas.
La reina soltó una carcajada, acariciándose el anillo dorado con la yema de los dedos.
Sentí escalofríos.
—Es una pena. Creí que eras más inteligente.
Chasqueó los dedos, y en ese instante, el muro de ladrillos cedió y aparecieron tres adolescentes con trajes de neoprene fucsia. Todas me apuntaban con diferentes armas (arco y flecha, revólver y cuchillos).
Las piernas me temblaron.
—Estás muerta, Hija Número Quinientos —anunció la reina, con voz mecánica.
Si quería sobrevivir, debía huir.
Me moví tan rápido como pude justo cuando la chica más baja de las tres me arrojó una flecha magenta.
Afortunadamente, la esquivé, y por error acabó cortando la cuerda que convertía a Jacinto en prisionero.
Instantes después, el chico despertó. Que abriera los ojos había confirmado que habían estado drenándoles energía.
—¡Inútil! —la insultaron sus pares.
No dudé en tomar a Jacinto del brazo, y lo arrastré hacia atrás de una enorme mesa plateada. Él gimió cuando le apreté la extremidad, y sentí pena por él ¡Cuán dolorido debía encontrarse!
Justo en ese preciso instante, empezaron a llover flechazos, cuchillazos y disparos sobre la mesa de hierro. Me asusté, pero por suerte el material era resistente.
—Jacinto, necesito que reacciones —lo sacudí bruscamente. Él parpadeó lentamente, y asintió—. Nuestro amigo está en problemas… ¡Tenemos que salvarlo y completar nuestra misión!
—Sólo vos podés robar el anillo.
—Ya sé. Es porque soy mujer… —volvieron a arremeter las tres juntas contra la mesa, a menor distancia. Si no nos apresurábamos, acabarían hiriéndonos—. Mientras cumplo mi misión, vos tenés que liberar a Ariel.
—¿Cómo lo haremos? Somos cuatro contra dos y ya no contamos con la motosierra que habíamos robado en el nivel anterior.
Iba a decirle que improvisáramos, pero él me interrumpió:
—¡Mirá tu brazo!
El brazalete que llevaba puesto brillaba como si el sol estuviera amaneciendo desde mi muñeca. Parpadeé, ya que la luz que emanaba me encandilaba. Sus destellos desplegaban chispas doradas.
Las tres atacantes y hasta la reina dejaron de atacar para observar la situación.
Unas frases en cursiva se formaron en el aire.
Ataque y defensa. Sabrás cuando emplearlos.
Pronto, el brazalete dejó de brillar.
—¿Qué mierda está pasando? —pregunté, desconcertada—. ¿No se supone que esta porquería es un localizador?
Jacinto no me dio explicaciones.
La reina ordenó que volvieran a atacarnos, y la mesa había comenzado a perforarse ¡No nos quedó otra opción que salir de allí!
—¡El plan! —grité, y me eché a correr hacia la reina, esquivando las flechas.
Jacinto se detuvo frente a Ariel, intentando liberarlo. Vi que la chica del revólver estaba preparando nuevas balas y la otra, más cuchillas.
Y en ese instante, un impulso extraño se apoderó de mí.
Ataque y defensa.
Tenía un plan tan descabellado como ese puto mundo rosado.
Empecé a correr en dirección opuesta y me interpuse entre mis compañeros y las chicas de neoprene. Puse mi pulsera dorada sobre mi pecho, como si fuera un escudo.
Instantáneamente, empezó a brillar, desprendiendo chispas cálidas de tonos dorados y se formó una especie de cúpula magnética que desvió automáticamente los ataques de nuestros adversarios… y se los devolvió. Las jóvenes tuvieron que esquivar sus propias balas y navajas.
Gritaron por la sorpresa, y sus extremidades resultaron heridas. La sangre en el Mundo Rosado era roja.
—¡Eso fue increíble!
—¡Apurate! ¡Necesitamos a Ariel!
No sabía cuánto tiempo podría mantener el escudo, ya que no sabía si la pulsera estaba conectada con mi cerebro o no, y si dependía de mi voluntad o de ellos.
Mía, enfurecida, le ordenó a la joven arquera que nos atacara. La protección que había creado mi pulsera se estaba debilitando. Las flechas pronto nos lastimarían ¡Y Jacinto aún no liberaba a Ariel! ¿Y si la punta filosa lastimaba a mis amigos?
¡Eureka! Se me había ocurrido otra idea.
Apunté mi pulsera hacia Ariel (sin deshacer el escudo) y grité:
—¡Ataque!
De repente, un brillo dorado me cegó. Fue como si un rayo de sol saliera de mi propia muñeca y se estrellara contra la soga que mantenía cautivo a Ariel. Cuando la luz se apagó, vi que la cuerda había desaparecido.
Mi escudo también.
Las mujeres se quedaron totalmente anonadadas. La reina estaba roja de la furia.
Jacinto cargó a Ariel su espalda y se escondió detrás de unas columnas de mármol.
Mientras tanto, me paré frente a la reina y le pegué un puñetazo en la nariz. Las demás chicas gritaron, pero no se atrevieron a atacarme, especialmente porque dos de ellas estaban malheridas.
—Agradezca que no estoy de ánimos para otra pelea —musité, y le arranqué bruscamente el anillo de rubí.
Soltó un chillido desgarrador y cayó de rodillas al suelo.
Para entonces, nosotros habíamos salido corriendo hacia algún lugar. Buscando la salida, jalamos unas cadenas que colgaban llamativamente cerca de un muro de ladrillos, y se abrió un pasadizo frente a nosotros.
Huimos por allí y llegamos a la sala principal.
—Salgamos de este palacio disfrazado de casita de fresa, urgente.
Oímos que las mujeres ya no nos seguían, y aminoramos la velocidad. Ariel pronto se compuso, y le pidió a Jacinto que lo bajara.
El muy imbécil, en lugar de agradecerme por haberlo salvado, me observó de soslayo mientras andábamos y musitó:
—Qué lindo vestido… Estás tan limpia que casi no te reconocí.
Se me enrojecieron las mejillas.
—Pedazo de…
—¿Dónde está la Puerta Dorada? —me interrumpió Jacinto con rapidez.
Ariel señaló hacia una entrada lateral del castillo inmediatamente, como si él tuviera superpoderes de orientación o un radar para encontrar esas puertas de mierda.
—¡Por fin! —suspiré de alivio, y corrí hacia la salida.
Giré la perilla, y empujé, pero la puerta no cedió.
Frustrada, volví a intentarlo.
Nada.
Empecé a forcejear con el pomo histéricamente.
—Sos una inexperta —Ariel me apartó—. Lo haré yo.
Apoyó su mano sobre la manilla e intentó moverla.
Nada.
Ambos miramos a Jacinto.
—Ustedes son los que tienen los brazaletes, no yo. No puedo activar las salidas.
—¿Por qué no? —pregunté con nerviosismo.
Ninguno me respondió.
—No puede haber otra salida porque estamos en el Nivel Dos —conjeturó Ariel—. Sería demasiado complejo. Debe haber algún error.
Ay, no.
—La reina tenía dos anillos, pero yo agarré el que tenía el rubí… —pensé en voz alta.
—¡No puedo creerlo! —aulló Ariel—. ¿Cómo no se te ocurrió robarle el otro también? ¡No tenés cerebro!
—¡Porque pensé que era éste el indicado porque no era rosa!
—¡Tu opinión no era importante! ¡Tendrías que haberte llevado los dos!
—¡Dejá de gritarme! ¡Podrías haberme ayudado!
—¡El anillo lo tenías que robar vos!
—¡Ya basta! —nos detuvo Jacinto—. Dejen de perder tiempo con esta estúpida discusión y acompáñenme a ver a la reina. Entre los tres robaremos el anillo ¿De acuerdo?
Ariel asintió, dedicándome una mirada de desprecio.
Cuando regresamos por el pasillo, vimos que había un grupo de mujeres armadas esperándonos. Eran una docena. Quizá, más.
—Mierda. La próxima vez, haremos las cosas a mi modo.
—Entonces, la próxima vez asegúrate de que no tenga que perder tiempo salvándote el culo.
—¡Cuidado! —exclamó Jacinto, interrumpiéndonos.
Las mujeres estaban corriendo hacia nosotros. Algunas tenían espadas, otras, cuchillos y arcos, y no eran las mismas jóvenes que nos habían atacado antes.
La reina caminaba lentamente hacia nosotros con una especie de escopeta de color flamenco, la cual soltaba pequeñas chispas de un brillante tono chicle.
—Distraeremos a las chicas. Abril, buscá el anillo —Ariel no perdió tiempo y se adelantó para derribar a una de las féminas.
—Vamos, April —Jacinto pronunció mi nombre en inglés—. El plan funcionará.
No perdí tiempo.
Mientras Jacinto y Ariel se dedicaban a distraer al ejército real, yo corrí en dirección a la reina y grité:
—¡Ataque!
Un rayo de luz dorada surgió desde mi mano.
Ella los esquivó con una destreza inhumana, y exclamó:
—¡Tus rayos solares no serán suficientes!
—¿Solares?
Ella rio de manera escalofriante.
Justo cuando estaba preparándome para lanzar otro rayo, una muchacha me golpeó por la espalda. Sentí un horrible dolor cerca de la columna y, ahogando un gemido, caí de rodillas al suelo.
Mía se agachó a mi lado, y susurró:
—No podrías vencer vos sola a una reina.
Un nuevo golpe. Dolor. Apreté los puños e intenté contener las lágrimas.
No quería morir. Debía sobrevivir para reencontrarme con Corina, Papá y el Tío Pedro.
—Sos apenas una niña, Abril… ¿De verdad creíste que podrías ganar tan fácilmente? Hay tanto que no sabés de la Cabina…
Sentí una punzada desgarradora en mis extremidades cuando una aguja entró en contacto con mi piel. Ahogué un sollozo.
—Siempre supe que habían elegido a la niña incorrecta. Hemos paralizado tus brazos…
De repente, la reina chilló por la sorpresa. Acto seguido, un remolino de viento surgió desde el interior del palacio (o la casita rosada). A pesar de que tenía los brazos rígidos, me eché contra el suelo para no caer.
Mía no fue capaz de mantener el equilibrio y se tropezó.
—¡Abril, quitale el anillo! —gritó Ariel—. ¡Yo seguiré desestabilizándola!
¿Él había causado el viento?
No era momento para preguntas.
Hice un esfuerzo sobrehumano para ponerme de pie, y hacer lo que Ariel me había pedido. Como aún no podía mover los dedos de la mano, me agaché junto a la reina.
El remolino mantenía a Mía apoyada contra el suelo, quien estaba maldiciendo a los gritos y les pedía ayuda a sus empleadas.
Pero sus empleadas estaban entretenidas con Jacinto.
—Esto será asqueroso —murmuré, y llevé mi boca hacia la mano de la reina.
Le quité con los dientes la sortija, y la sostuve con la lengua. Tenía gusto a pólvora y a metal sucio. Tuve que contener una arcada.
Ariel notó lo que estaba sucediéndome, y me levantó rápidamente del suelo. Me quitó bruscamente el anillo de la boca y me lo colocó en el dedo.
No sabía si agradecerle o mandarlo a cagar por ser tan metido.
—Andando. No puedo seguir aventando a Mía.
Le hizo una seña a Jacinto para que dejara de entretener a las mujeres y corriera junto a nosotros a buscar la puerta dorada.
Un grupo de chicas nos siguió hasta el final del camino, lanzando flechas y dagas.
Ariel giró la perilla de la puerta. Justo cuando estaba a punto de ingresar, una cuchilla se me clavó en el brazo derecho.
Caí de rodillas frente a la puerta y comencé a gritar como loca del dolor. La sangre caliente recorría mi piel a una velocidad increíble.
El joven rubio volvió a utilizar su habilidad con el viento para alejar a nuestras atacantes, mientras Jacinto me arrastraba al interior de la Zona de Transición.
Una vez que la puerta fue cerrada, Ariel se agachó frente a mí y cortó un pedazo de mi vestido rosa para poder vendarme la herida.
—Respirá profundo.
Obedecí, y me arrancó bruscamente la cuchilla de la piel. Grité de dolor. Nunca en mi vida había sentido nada tan horrible, ni siquiera en el nivel anterior cuando me había clavado los vidrios.
Ariel me vendó con el pedazo de tela, y murmuró:
—Resistí hasta que pasemos al siguiente nivel.
Asentí.
La puta madre, me dolía el brazo y ni siquiera podía moverlo porque estaba paralizado. Deseaba que se terminara pronto esta pesadilla, para poder dejar de sufrir.
Miré los anillos de la reina. Parecían brillar aún más en la Zona de Transición ¿Me serían de utilidad en el futuro?
Punzada de dolor. Hice una mueca, y me ahorré una maldición.
—Tranquila —Jacinto me acarició el cabello de forma cariñosa—. Lo hemos logrado —señaló hacia adelante.
En ese instante, unas letras azules con bordes en n***o aparecieron ante nosotros. Éstas ya me resultaban familiares.
TIEMPO UTILIZADO: 209 MINUTOS, 23 SEGUNDOS.
FALLAS: 6.
PUNTOS OBTENIDOS: 210.
PUNTAJE TOTAL: 530.
HAN PASADO AL TERCER NIVEL.
—En el otro habíamos obtenido mayor puntuación —comentó Jacinto, frotándose el mentón.
Noté que mi herida había dejado de sangrar, y que ahora podía mover el brazo ¿Qué mierda estaba pasando?
—Vamos al Nivel Tres —anunció Ariel.
—Esperá… —lo detuve—. Explicame lo de tu pulsera. Es parecida… pero distinta.
—Se llama “Arma y Protección”, aunque puedo llamarlo Escudo. Dicen que está relacionado con la Luna, que por eso es frío y plateado.
—El arma es muy eficiente… y ¿Cuál es la protección?
—Un escudo de plata, de un metro de diámetro. Es impenetrable.
—Mmm… ¿Y por qué nosotros tenemos brazaletes, y él no?
—Ojalá pudiera decírtelo, Abril. Ojalá pudiera. Debemos irnos.