Capítulo 9: "Los jugadores perdidos".

4221 Words
Los hijos de los creadores de los videojuegos nacieron en la década de mil novecientos sesenta. Éstos se criaron rodeados de computadoras y realidades virtuales. En la década de mil novecientos noventa, dos de ellos, decidieron llevar los juegos a un extremo, para ganar dinero y para que los espectadores pudieran divertirse con las víctimas. Ésa era una de las respuestas a la pregunta que me había hecho el nivel anterior ¿Por qué me la habrían brindado? ¿Acaso sería porque vería a mi madre en el décimo desafío? Para ganar dinero, y para divertir a los espectadores. Cabina de la Diversión. —Abril —la voz de Ariel me distrajo de mis pensamientos—. ¿Por qué tenés la costumbre de empezar un nivel estando tirada en el piso? No me había dado cuenta de eso, pero era cierto. Estaba de rodillas apretando el césped con los puños. —Porque últimamente tengo muchas visiones —protesté, y decidí ponerme de pie. Estábamos en un cementerio gigante, parecido al de mi ciudad. Había panteones de piedra, lápidas de mármol en el suelo e incluso cuerpos enterrados sin siquiera una identificación. Nicole y Jacinto se encontraban apenas unos pasos adelante. Llevaban ropa deportiva, como siempre. Y yo, por supuesto, mi jean y mi camisa a cuadros. —Miren esa tumba —señaló la muchacha. Allí se encontraban las indicaciones para este nivel: Nivel Nueve: Los jugadores perdidos. Encuentren a los participantes cuatrocientos noventa y siete y cuatrocientos noventa y ocho. Premio: una vida para quien la necesite. Podrán conservarlo durante los próximos niveles. —Éste sí que es un premio útil —comenté—. Una vida para quien la necesite. Espero que no tengamos que usarla. —Ojalá que no —suspiró Jacinto—. Por cierto, nosotros nos quedaremos aquí. No podemos ayudarlos. —¿Para qué se llaman “Ayudantes” si no pueden darnos una mano? —Ariel puso cara de pocos amigos. —Es que no sería justo —intervino el muchacho robusto—, ya que nosotros conocemos la respuesta. Nicole le dio un codazo a su compañero y le lanzó una mirada asesina. Entendí que era hora de buscar por nuestra cuenta. —El tiempo vale oro —tironeé al joven Escalada del brazo, para que comenzara a caminar a mi lado. Fuimos leyendo las lápidas. Estas decían el nombre del c*****r, la fecha de nacimiento y de defunción y tenían grabados algunos mensajes de los familiares. —Espero no tener que excavar tumbas —comentó Ariel, haciendo una mueca—. Me daría demasiado asco. —Esto es un acertijo. Si fuera lo que vos decís, nos hubiesen dado herramientas para hacerlo. —Buena observación, April. —Estoy aprendiendo por obligación —bufé—. Entendí que lo más importante aquí no es la fuerza bruta, sino la astucia. Además, es un juego demasiado… aleatorio. Por lo general los videojuegos siguen una historia lineal. La Cabina, no. —¿Qué te hace pensar que no tiene algo lineal de trasfondo? —replicó, sin dejar de leer los nombres de las lápidas—. Es evidente que tiene un objetivo principal, y luego, cada meta individual de los niveles. Ganar dinero. Entretener al espectador. —Por eso aquí no importan nuestras calificaciones, sino nuestra capacidad de razonar. Sacás muy buenas deducciones, Ariel ¿Las artes marciales te ayudaron a pensar? —Las artes marciales me ayudaron en el juego. Lo que realmente me ayudó a crecer en la vida real fue tener que hacerme cargo junto a mi familia de la bodega. —Es curioso, pero tenemos eso en común: nos hemos tenido que hacer cargo de tareas complejas desde muy jóvenes. Yo vivo con mi papá, y como él trabaja todo el día, me toca asear la casa y cocinar. Muchas veces el dinero que me deja para ir al supermercado no me alcanza, y debo ingeniármelas para comprar lo necesario con eso. Como ya sabrás, la inflación en Argentina está por las nubes —iba leyendo los nombres de las lápidas, pero todos parecían haber muerto antes de mil novecientos noventa. —Con todo el tiempo que estuvimos metidos acá adentro, no quiero imaginar cuánto han subido los precios —comentó, sin despegar la vista de las tumbas—. Volviendo a lo que estabas contándome, hemos tenido vidas algo solitarias, y por eso hemos madurado y podido llegar hasta aquí. Somos sobrevivientes, April. —Es verdad… Por cierto ¿No tenés amigos en Mendoza? Corina hacía que mi vida fuera más llevadera —pensar en mis seres queridos me generaba un hueco en el corazón. Los extrañaba horrores. —Sí, claro, aunque con ellos no solía ser malhumorado y gruñón. La Cabina me ha cambiado. —Me alegra que reconozcas tus defectos. —Al menos mi boca no es una cloaca —retrucó. Le saqué la lengua, y volví al tema interesante: —¿Por qué vos, y no tus hermanos? —Matemática pura: tengo entendido que los hijos son ingresados a la Cabina por orden de inscripción. Cuando le tocó a mi padre, convenientemente yo estaba por cumplir los dieciséis. A pesar de lo mal que la he pasado aquí dentro, (especialmente los primeros niveles en los cuales me tocó estar solo), me alegro de que haya sido yo y no ellos. No podría estar en su lugar esperando un año a un familiar desaparecido —se encogió de hombros. —Entiendo… Ahora, contame de los primeros niveles. Sabía que nos estábamos abriendo demasiado emocionalmente y que los Cabineros nos estaban escuchando… pero me dio la impresión de que Ariel necesitaba desahogarse. Doblamos en una esquina y vimos una pared llena de lápidas. Empezamos a leer los nombres. —El primer nivel también fue en un zoológico, pero no en Malasia, sino en Zimbabwe. Allí algunos hablaban español, y me dijeron que debía encontrar la Puerta Dorada, justo en el momento en que se armó una revuelta de civiles y comenzaron los tiroteos. A duras penas pude pasar con vida el desafío. >>El nivel dos fue extraño. Estaba en una especie de campo en donde había diferentes árboles frutales, y debía encontrar el fruto que hiciera aparecer la Puerta Dorada. Casi me intoxico —hizo un gesto de asco—. He probado cosas horribles, que me han hecho sentir mareado, depresivo, descompuesto e incluso, me han hecho alucinar. —Es una locura —ladeé la cabeza, indignada con los Cabineros. Debe de haber sido muy difícil para Ariel hacer todo solo. —Sí. Luego, mi nivel tres fue en un cine, pero en lugar de que algunos monstruos escaparan de la pantalla, fueron unos soldados. Tuve que correr como un loco para encontrar la Puerta Dorada. >>Mi nivel cuatro, como ya sabrás por tus visiones, fue acuático. —Sí, el de la almeja saltarina. Allí salvaste a Jacinto. —Sí, y en el quinto nivel lo asignaron como mi Ayudante. Fue recién a partir de entonces que empecé a notar patrones que se repetían en el juego y a sacar algunas deducciones. >>En el nivel seis, me tocó encontrar una llave para poder huir de un granjero loco. —Tuviste que huir mucho ¿Por eso tus niveles han sido diferentes? —Supongo, no sé cómo funciona este algoritmo de mierda. —Después soy yo la que tiene boca de cloaca. Revoleó los ojos, y continuó con su narración: —Mi nivel siete tuvo lugar en el espacio exterior, pero en lugar de toparme con peluches asesinos, me encontré con una especie de mundo subalterno, como una versión demasiado tecnológica y oscura de la Tierra. —¿Más oscura aún? Si la humanidad sigue siendo súper cruel afuera de la Cabina —opiné, pensando en cuántos animales maltratados había visto, cuánta inseguridad en las calles y cuán egoístas que eran las personas de mi ciudad. Él asintió. Continuamos leyendo los nombres de los difuntos mientras él seguía hablándome de su juego. —Mi nivel ocho fue un “tetris” con preguntas, pero eran diferentes a las que nos hicieron ahora, y en lugar de caer una ficha sobre mi cabeza, una de las del suelo explotaba. —Cuando te pregunté qué pasaba si respondíamos mal, negaste con la cabeza, como si nunca hubieses jugado al “tetris” —comenté con desconfianza. —Porque había notado diferencias en el nivel. Las fichas no eran amarillas sino anaranjadas, nos habían pedido más hileras (yo, estando solo, tuve que formar cinco) y Jacinto nunca había aparecido en escena directamente. Y menos mal que me quedé callado, porque ¿Mirá si te decía que explotaba el suelo y el lugar de mirar hacia arriba, mirabas hacia abajo? Podría haber sido mortal. —De todas maneras, lo fue —bufé—, una ficha me golpeó brutalmente la cabeza. Fue horrible, sentí como si me hubiese quebrado el cráneo. —Ahí perdiste tu segunda vida. Debió de haber sido doloroso —se encogió de hombros—. ¿Sabés cuándo perdí las mías? En el noveno nivel, intentando salvar a Magalí. Esa vieja mal llevada de Perpetua no me dejó ganar. Y bueno, la otra por sobreestimarme en el nivel de las Sirenas. —Sí, de la última sabía —me encogí de hombros—. Has resistido muchísimo. Sos un gran jugador. Yo no sé qué hubiera hecho sola… —Sos la única que lo piensa, sino ¿Por qué me hicieron jugar con vos? —¿Por el tiempo que te quedaba? —No lo sé. A veces pienso que es otro de sus experimentos. Recuerdo que en el nivel uno, te llamaban inepta ¡Y resultaste bastante buena! —Sí, me acuerdo de eso. Me sentía muy perdida —suspiré—. Por cierto, hablaste demasiado ¿No perderás tu última vida si seguís haciéndolo? —Creo que no te dije nada que no supieras ya, April —en ese instante, su atención se desvió hacia el nombre de un muchacho. Observé las letras grabadas en la tumba: Gaspar Ortega. Santiago de Chile. 23/13/1989 – 15/01/2006 —Este chico —señaló con el dedo la lápida de mármol—, tiene que haber sido un jugador. Murió pocos días después de cumplir dieciséis años. Coincide con los inicios de la Cabina. —Nació poco antes de que la crearan, pero murió cuando la Cabina ya estaba bastante desarrollada, o eso supongo. Es imposible que sea el jugador cuatrocientos noventa y siete. —Entonces hemos estado buscando mal… tenemos que mirar las fechas de defunción, no de nacimiento. —Tenés razón, tenemos que buscar a alguien que haya muerto en el dos mil quince, porque vos entraste el dos de marzo del dos mil dieciséis ¿Verdad? —Puede que hayan muerto en enero o en febrero del dos mil dieciséis también. Ahora que hemos hecho un filtro, será más fácil buscar. —¿Y si nos dividimos? —Este cementerio es enorme, y no sabemos si aparecerá algo cuando encontremos al jugador adecuado… —Está bien, lo mejor será que estemos juntos. Vos mirá del lado izquierdo y yo del derecho ¿Te parece? —Me parece bien, April. Caminamos un rato, observando cada tumba. Me llamó la atención la fecha de defunción del siguiente muchacho: Alfonso Nicolás Diaz. Ciudad de México. 10/01/1999 – 31/05/2015. —¡Mirá! —llamé la atención de Ariel para que viniera a ver la lápida—. Murió en mayo del año pasado. Puede que sea el jugador cuatrocientos noventa y siete. —Puede ser. Debemos corroborarlo. —¿Cómo? ¡No vayas a…! Demasiado tarde. Utilizó su brazalete para hacer volar la pesada lámina de mármol. —¡Ni loca voy a revisar un c*****r! —Mataste a Perpetua —enarcó una ceja—. No debería asustarte un poco de fiambre. Oh, esperá… cierto que sos vegana. —¡No es gracioso! Lo de Perpetua fue diferente y… —Ya lo sé —me interrumpió—. Sólo estaba haciendo un chiste. Ahora, si no te molesta, podrías usar tu pulsera para iluminar el pozo mientras yo hago el trabajo sucio. —Ariel —protesté. Sin embargo, hice lo que me pidió—. Si realmente tuviéramos que cavar las tumbas nos habrían dado herramientas… —Eso ya lo dijiste hace un rato, pero ahora he cambiado de opinión. Esta vez, no me fiaré del sentido común. Justo cuando estaba metiendo su pierna derecha dentro del pozo, algo lo tomó del tobillo y lo jaló hacia abajo. Grité, y no dudé en apuntar hacia aquello que intentaba hundirlo en la oscuridad. —¡Ataque! Un rayo de sol quemó la piel de nuestro misterioso enemigo. Ariel cayó hacia atrás, golpeando la espalda contra el suelo. Corrí y lo ayudé a levantarse. —¿Estás bien? No tuvo tiempo de responderme. De pronto, un chico de cabello n***o, tez trigueña, alto y delgado brincó y aterrizó delante de nosotros ¡Qué ágil! Lo que más me llamó la atención, fue que portaba una pulsera de plata similar a la de Ariel. —¿Quiénes son ustedes? —bramó, apuntándonos con la pulsera—. ¿Por qué abrieron mi tumba? —Tranquilo, amigo —Ariel hizo un gesto con las manos para que el muchacho se calmara—. Sólo queríamos saber qué número de jugador sos. —Cuatrocientos noventa y seis ¿Ustedes? —¡La puta madre! —me agarré la cabeza con ambas manos—. ¡Estuvimos tan cerca! —¿Cerca de qué? —inquirió el adolescente—. ¿Quiénes son ustedes? —Los jugadores cuatrocientos noventa y nueve y quinientos —replicó Ariel, desanimado. De repente, Alfonso cerró sus ojos. —¿Qué carajo le pasa? —pregunté, preocupada. —No lo sé, pero no deberíamos perder tiempo con él. No es a quien buscábamos. —Pero… —Vamos, April —insistió. Asentí. Justo cuando comenzábamos a avanzar, Alfonso gritó: —La Cabina es real, Abril. Tienes tres oportunidades. Cuando mueres por tercera vez… dejas de existir en la Tierra, y te conviertes en parte del software del juego. —Eso es lo que yo te dije —Ariel empalideció—. ¿Cómo lo supo…? Sentí un nudo en el estómago ¿Qué estaba sucediendo? No podíamos avanzar por temor a que el sujeto nos atacara por la espalda. —Dejas de existir… a menos que asesines a algún jugador actual —sus ojos brillaron con malicia. —¡NO! —chillé, pero fue inútil. El sujeto fue corriendo hacia Ariel y le lanzó un tornado que hizo temblar el suelo. El joven Escalada se defendió rápidamente con su escudo. Luego, decidió mover la lámina de mármol y arrojarla contra su enemigo. —¡Ya basta, chicos! ¡Estamos todos del mismo lado! Por supuesto, me ignoraron. Como descubrieron que sus brazaletes eran casi idénticos, empezaron una batalla cuerpo a cuerpo. Ariel sabía de artes marciales, pero Alfonso tenía conocimientos de pelea también. Ambos eran muy habilidosos. Puñetazos, patadas, sangre y gemidos de dolor decoraban el cementerio. —¡Están lastimándose! ¡Ya basta! —¿Cómo podía hacer para que dejaran de pelear? Ariel recibió un puñetazo en el rostro que le hizo sangrar a borbotones por la nariz. —¡BASTA! Era hora de intervenir. Apunté hacia un espacio vacío que había en medio de ellos dos. Era ínfimo, y si le erraba, podría herirlos. Sin embargo, debía intentarlo. —¡Ataque! Los dos adolescentes se apartaron automáticamente el uno del otro, y dirigieron su atención hacia mí. Ambos se veían muy golpeados. Aproveché el momento para correr hacia Alfonso, y derribarlo contra el suelo con el peso de mi cuerpo. —¡Ariel, sostenele las extremidades! Él le tomó los brazos al muchacho, mientras yo estaba sentada en sus piernas. Alfonso era fuerte, pero no podría escapar de nosotros: estaba herido. —Nuestra intención no es lastimarte. Necesito que me escuches —solté. —¡No voy a oír sus mentiras! ¡He pasado por demasiado! Ariel no se aguantó y le pegó una cachetada. Me horroricé. —Calmate, idiota ¿No entendés que lo que vamos a decirte es por el bien de todos? —le chorreó más sangre de la nariz cuando habló. —¡Es por el bien de ustedes, no por el mío! —intentó zafarse, pero no pudo. Su rostro había enrojecido a causa de la ira—. ¡Ustedes forman parte del staff de la Cabina de la Diversión! —¡No seas estúpido! ¡El staff jamás entró a este lugar! ¡Somos los mismos jugadores quienes estamos manteniendo el juego! Los dos chicos me miraron con confusión. —Supongo que han mezclado recreaciones virtuales con exparticipantes, y dependiendo de las habilidades de cada uno, les han asignado diferentes tareas. En lugar de estar encerrado eternamente en tu tumba, podés pedir que te conviertan en Ayudante o… La frase quedó en el aire. De pronto, lo comprendí. —¿Para qué se llaman “Ayudantes” si no pueden darnos una mano? —había dicho el joven Escalada. —Es que no sería justo —replicó Jacinto—, ya que nosotros conocemos la respuesta. Ariel intercambió una mirada conmigo. —Creo que ya sé quiénes son los jugadores cuatrocientos noventa y siete, y cuatrocientos noventa y ocho —soltó. —Creo que yo también —mi corazón latía con violencia. Luego, miré a Díaz y le dije—: mi nombre es Abril Julio, y él es Ariel Escalada. Si te portás bien y no intentás atacarnos, quizás logremos que te conviertan en Ayudante o algo así. Es mejor que estar atrapado eternamente en un pozo. —¡Quiero salir de la Cabina! —sollozó—. ¡Quiero volver a ver a mi familia! ¡Tengo una hermana menor y una mamá que se quedaron solas y desprotegidas sin mí! Me quité de encima de él. Ariel también lo soltó. Ahora los tres estábamos sentados, llorando uno al lado de otro. Mi corazón estaba roto. Sentía tanta empatía con él, que me dolía muchísimo que no pudiera salir de la Cabina. —Tu tiempo se ha acabado, amigo —murmuró el joven Escalada, con los ojos llenos de lágrimas—. Y el mío está a punto de caducar también. Sólo teníamos un año. —No puede ser —se cubrió el rostro con ambas manos—. ¡Quiero volver a ver a mi familia! —aulló, y lloró ruidosamente. Quería decirle la verdad: que nuestros cuerpos entraban en coma si perdíamos, que nos convertían en parte del juego para siempre, pero no fui capaz de hacerlo. No podía destrozarlo aún más. —En tu lápida dice que falleciste en mayo del dos mil quince —comentó Ariel—. ¿Perdiste las tres vidas? —Sí. No superé siquiera el quinto nivel. Estaba solo, y no sabía qué hacer… Me pregunté cómo podía ser que el cuerpo de Díaz estuviera en coma y que su mente estuviera tan viva. No quería formular ese interrogante en voz alta. —Amigo, ahora que has escapado de tu tumba ¿No sería mejor que vengas con nosotros? Quizás puedas acompañarnos en los próximos niveles. Quizás todavía tengas una chance. Miré a Ariel con desaprobación. No era justo que le diera falsas esperanzas. Alfonso aceptó, y fue el primero en ponerse de pie. —¿Hacia dónde vamos ahora? —preguntó, secándose las lágrimas. Mi corazón seguía destrozado. Sin embargo, me levanté y me eché a andar hacia la entrada del cementerio. Debíamos encontrar a Jacinto y a Nicole. Mientras regresábamos, miré las heridas que tenía Ariel en el rostro. —¿Estás bien? —le toqué el hombro cariñosamente—. Tenés la cara hinchada. —Son sólo rasguños. —Espero que no me estén mintiendo. Si no, te desfiguraré —Díaz se encontraba a la defensiva. Evidentemente, odiaba más a Ariel que a mí. —Ya basta —le lancé una mirada asesina. Caminamos en silencio hasta la entrada del cementerio. Nicole y Jacinto estaban sentados en el suelo, esperándonos. —¿Jugadores cuatrocientos noventa y siete y cuatrocientos noventa y ocho? —pregunté, mirándolos. No pude evitar soltar unas lágrimas cuando ellos se pusieron de pie, y asintieron. —No podíamos decírselo, chicos —Jacinto se encogió de hombros. —¿Cómo…? ¿Por qué…? —tenía un nudo en la garganta ¿Acaso ellos no saldrían nunca de la Cabina? —Perdimos —intervino Nicole—. Perdimos las tres vidas. Sin embargo, nos dieron una misión para no desconectarnos: ser sus Ayudantes. Como Jacinto fue anterior a mí, se le asignó a Ariel. Y yo, a vos, Abril. Desconectaban a todos aquellos jugadores que dejaban de servirles. Me tapé el rostro, horrorizada ¿Hasta dónde llegaba la crueldad de los Cabineros? —¿A qué se refieren con desconectarlos? —intervino Díaz, alterado. —Para que nuestros cuerpos no mueran en la vida real, debemos ser útiles en el juego —explicó Nicole con paciencia—. Los que no tienen un propósito, mueren. No pueden tener quinientas camillas manteniendo a chicos en coma sin ningún objetivo ¿No? —¿No estás hablando mucho? —no pude evitar preocuparme por ellos. —Jacinto y yo jamás saldremos de aquí. Nuestro tiempo caducó cuando perdimos la tercera vida, así que ya no importa… —los ojos de nuestros Ayudantes se llenaron de lágrimas. —Chicos —Ariel se veía increíblemente abrumado también—. Cuéntennos sus historias. Háblennos de lo que han tenido que pasar y resolver estando solos. —¡No quiero que cuenten historias! —sollozó Díaz—. ¡Quiero que me digan cómo salir de aquí! —Ahí apareció la Puerta Dorada —Nicole la señaló con el dedo—. Andá y probá suerte. Frente a un panteón familiar, estaba la Puerta Dorada. Alfonso no dudó en correr hasta allí y desaparecer. —¿Qué creen que ocurrirá con él? —pregunté. —No lo sé —replicó Ariel—, y no me importa. Me dejó la cara llena de moretones. En fin… —se volvió hacia nuestros Ayudantes—. Cuéntennos todo. Una vez en la Zona de transición, no vimos a Díaz por ningún lado. Pronto, apareció el puntaje: TIEMPO UTILIZADO: 183 MINUTOS, 10 SEGUNDOS. FALLAS: 2. PUNTOS OBTENIDOS: 525. PUNTAJE TOTAL: 10660. HAN PASADO AL DÉCIMO NIVEL. —Buen puntaje —observó Jacinto—. ¿Faltará mucho para el final? Ariel y yo intercambiamos unas miradas cargadas de tristeza. Aunque ellos llegaran al último nivel, estaban atrapados dentro de la Cabina de la Diversión. No pude evitar pensar en sus historias: Jacinto era un joven uruguayo de diecisiete años y algunos meses, que disfrutaba de deportes como el rugby o el fútbol y que tenía una madre y una hermana mayor. Su color favorito era el rojo. Poseía un carácter tranquilo, siempre evitaba las discusiones. Él había sido el jugador cuatrocientos noventa y siete. Había llegado hasta el nivel seis con su brazalete dorado, similar al mío. Su juego había sido completamente diferente: había tenido que traicionar a su Ayudante para sobrevivir, se había visto forzado a armar un rompecabezas gigante y a jugar a una especie de Candy Crush. Nicole, por otro lado, era una chica con doble nacionalidad. Nació en España, pero vivió en Uruguay desde muy pequeña. Se crio con su papá y sus hermanos mayores: dos varones y una mujer. Estudió en una escuela privada de Montevideo. En su tiempo libre, aprendía sobre Astronomía. Le gustaba demasiado el chisme, pero era una buena chica. Estuvo sola en la Cabina hasta el nivel cinco, donde conoció a Jacinto. Llevaba un brazalete de bronce —dijo que el mismo tenía habilidades con la tierra—. Su juego fue como una película de ciencia ficción: cyborgs, aliens, realidades virtuales dentro de realidades virtuales… perdió su tercera vida en el séptimo nivel. Había algo que todos teníamos en común: uno de nuestros padres nos había abandonado. Lo mismo que a Díaz. Todos éramos víctimas de las decisiones de los adultos. —Abril, no estés tan triste —Jacinto me dio unas palmaditas en el hombro—. Nosotros sabíamos desde un principio que no podríamos salir de aquí. Ariel lo sospechaba también. —Era más que obvio: ustedes no tenían una pulsera —el joven Escalada trató de mostrarse fuerte. Sin embargo, tenía los músculos del rostro y del cuello muy tensos. Decidí abrazar a Nicole y a Jacinto. Ariel se unió al instante. Dejé escapar un llanto amargo. —Si llegáramos a salir… —balbuceé. —No prometas algo que no podrás cumplir —me interrumpió Nicole—. Si salís de la Cabina, tratarás de recuperar tu vida normal. Dos adolescentes no podrán contra los Jefes y su staff. Sollocé ruidosamente. Me sentía tan frustrada, que no era capaz de contener las lágrimas. Sentía que tenía un agujero en mi corazón. Jacinto y Nicole estarían atrapados en la Cabina para siempre. —Chicos —musitó Ariel—. A mí me queda poco tiempo, deberíamos avanzar al siguiente nivel. —De acuerdo. Movámonos.
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