Las oficinas de Richard ya estaban listas. Los programadores e ingenieros se instalaban en el laboratorio mientras que el personal de atención lo hacía en el piso superior. Conversaba con sus desarrolladores y analistas cuando recibió una llamada de Bárbara. Enseguida se disculpó con ellos para alejarse y atenderla. —Hola, ¿todo bien? —preguntó a modo de saludo. —Hola, te llamé por que creo tener en mi poder pruebas que demuestran mi inocencia sobre el caso de PowerData… Bueno, en realidad no las tengo, aunque sé que existen —contó la mujer con nerviosismo. Él apretó el ceño, confuso. —Estoy en el edificio de mis oficinas, ven para que hablemos. —¿Puedes atenderme ahora? Podría esperar a que te desocupes. —Ven ya, Bárbara. Me comunicaré en la recepción para que sepan que vendrás. No

