Bárbara en su casa tenía los nervios a mil. No dejaba de pensar en la repentina sesión de sexo que había tenido con Richard en el baño de su oficina, en los besos, en las caricias y en el sonido de sus gemidos resonando sobre sus labios. De repente se quedaba paralizada como si hubiese sido invadida por un hechizo mágico, rememorando cada segundo de aquel acto, al tiempo que se comía pedazos un pan con pasas que había preparado el día anterior. —Yo siempre estoy pendiente de que Alice no vea el noticiero, solo sus programas religiosos o la novela de la tarde. Gracias a Dios, la viejita no se ha enterado de la insistencia de los periodistas —reveló Sonia, la vecina que ayudaba a las Rizzo con el cuidado de su abuela mientras ellas trabajaban. La mujer estaba sentada en la mesa con Bárbar

