En la comisaría, a Bárbara la encerraron en una habitación para interrogatorios. Llevaba horas sentada en un incómodo banco de hierro abrazada a su cuerpo para calmar sus temblores.
Su rostro hinchado por el llanto seguía marcado por lágrimas que poco a poco se secaban solas. Eran lágrimas de dolor, rabia e indignación.
¿Cómo había llegado a ese punto?
Afuera, Nina golpeaba el mostrador con la palma abierta. Buscaba llamar la atención de los agentes que esa noche se encontraban de guardia.
—¡No tienen ninguna prueba para acusar a mi hermana! ¡No pueden retenerla así como así! —gritó con voz tensa y con los ojos húmedos por la furia.
—Señora, cálmese —habló uno de los oficiales, con el tono plano de quien había dicho esa misma frase veinte veces durante la última hora—. Hay una denuncia formal en contra de Bárbara Rizzo. Hasta que no se aclare la situación, ella quedará bajo custodia.
—¿Bajo custodia? ¡Esto es una detención ilegal! —expuso ofendida—. ¿De quién fue la brillante idea de detenerla sin siquiera llamarla a declarar? ¿Del jefe de PowerData o del periodista que lo anunció en vivo antes de que les avisaran a ustedes?
El policía levantó una ceja, incómodo.
—La denuncia la presentaron los representantes legales de la empresa y hay una orden de detención preventiva hasta que llegue el fiscal.
—¿Y cuándo llega ese fiscal?
—Mañana. A primera hora.
—¡¿Mañana?! —Nina negó con la cabeza—. Mi hermana no va a pasar aquí la noche. Buscaré a un abogado y cuando regrese, ustedes tendrán que dejarla salir. Porque esto no tiene sustento. ¡No hay pruebas! Solo una denuncia y un grupo de periodistas sedientos de titulares esperando afuera de la comisaría —denunció.
Cuando ella llegó, pudo descubrir a periodistas de varios medios instalados en la entrada de la comisaría en espera de novedades. Pero ni los dueños de la empresa afectada ni sus representantes legales o sus abogados, se hallaban cerca.
Un agente más joven se acercó con gesto conciliador.
—Señora, entendemos su preocupación, pero si vuelve con un abogado esta noche, no podrá hacer nada. Hasta que no tengamos instrucciones del fiscal, no podemos liberarla.
—¡Esto es una payasada! —se quejó Nina con desesperación—. Es una farsa mediática. Quieren hacer parecer culpable a una inocente solo para lograr un titular que enganche al público.
Tomó su móvil sin saber qué hacer. Había llamado a los dos abogados que conocía, pero no obtenía respuestas positivas. Uno no le atendía el teléfono y el otro no se encontraba en la ciudad ese día. Solicitó asesoría a otros, pero cuando le hablaron de las comisiones que cobraban se asustó.
No tenía dinero para pagar un abogado que ayudara a su hermana, todo lo había invertido en la fábrica de bolsos y carteras de cuero que ambas fundaron hacía unas semanas. Y no quería solicitar uno al estado porque aquel caso era complejo y necesitaba a alguien preparado.
No sabía qué hacer, pero no podía dejar que Bárbara pasara la noche en aquel lugar frío y solitario. Eso la deprimiría.
Dentro de la habitación de interrogatorios, Bárbara lograba escuchar en ocasiones el tono airado de Nina mientras discutía con los policías.
Sonrió con melancolía. Su hermana siempre había sido así: impulsiva, valiente y ruidosa mientras que ella era más de silencios y de análisis.
Tal vez por eso la habían elegido para cargar con esa culpa. No levantaría sospechas. No haría escándalos. Sería la víctima perfecta.
Pensó en Martín y en la forma en que la había dejado sola con aquel problema. Él era quien podía ayudarla a aclarar aquel mal entendido. No solo tenía los medios, sino que los últimos meses había estado muy cerca de los hermanos Adams. Quizás podía hablarles y convencerlos de que cometían un error.
Respiró hondo tratando de llenarse de valor para no decaer en aquella dura prueba. Apenas la noche comenzaba y ella sabía que sería larga e incómoda.
Sintió curiosidad al sentir voces de hombres afuera que se mezclaban con la de su hermana, que ahora sonaba más conciliadora. ¿Qué estaría pasando?
¿Acaso Nina había logrado encontrar alguna ayuda para sacarla de allí?
Los minutos pasaron como si fuesen horas. Bárbara intentaba no entrar en pánico para no complicar su situación, pero no pudo evitar sobresaltarse al sentir que abrían la puerta de manera repentina.
El oficial bigotón que estaba atendiendo su caso entró con rostro enfadado y le dedicó una mirada de pocos amigos mientras se ubicaba a su lado. Tras él venía un sujeto trajeado, muy elegante, que portaba un maletín costoso en la mano.
Luego pasó Nina, con expresión preocupada, y más atrás divisó a un hombre que le paralizó el corazón un instante.
Por unos segundos Bárbara se sintió en otro mundo. Unos ojos verde agua se fijaron con seriedad en ella, observándola con una fijeza que la hizo estremecer.
Su cuerpo se derritió con una mezcla de alegría y miedo al descubrir dentro de aquella fría y patética habitación policial a Richard McKellen, su antiguo novio de la universidad. Quien la había dejado plantada el día de la fiesta de graduación ridiculizándola frente a sus compañeros, marchándose a Dubai sin siquiera decirle adiós.
—Señorita Rizzo.
La voz autoritaria y molesta del policía que tenía a su lado la aturdió un instante, devolviéndola a la realidad.
—El señor Peter Gilligan dice ser su abogado. ¿Es cierto?
Ella arqueó las cejas, sorprendida, y paseó su mirada confundida entre el sujeto trajeado, quien suponía que era el tal Peter Gilligan; Nina, que parecía tan desconcertada como ella y a la vez, ansiosa, y Richard, cuyos cálidos ojos seguían mostrándose como el prado sereno y seguro del pasado que le infundía calma.
Él asintió de forma sutil, pidiéndole que aceptara.
A pesar de haber tenido cinco años sin verlo y sabiendo que la había dejado con el corazón fragmentado por su rechazo y abandono, decidió darle un voto de confianza y asintió hacia el oficial, quien apretó aún más su rostro.
—El doctor Peter Gilligan resolvió su asunto. Se comunicó con el fiscal de turno y acordó con él que usted regresará a su casa por esta noche, pero mañana la necesitaremos en la comisaría para rendir declaraciones. ¿Entendido?
La noticia la llenó de alivio.
—¿Puedo irme? —consultó con voz insegura.
—Ya le dije que solo por esta noche. Salga para que firme los papeles de la liberación —expuso de mala gana.
A Bárbara le costó moverse, no podía creer lo que sucedía. De nuevo paseó su mirada entre el abogado, Nina y Richard. Su hermana la animó con gestos ansiosos a ponerse de pie.
Ella lo hizo y con dificultad caminó hacia la puerta renqueando por culpa de su cadera lastimada.
Mientras firmaba la liberación, acompañada por Nina y por Peter Gilligan, que fotografiaba cada uno de los documentos, notó a Richard ubicado frente a ella, al otro lado de la mesa.
Él la miraba con una fijeza que comenzaba a inquietarla.
Bárbara no pudo evitar que su pecho palpitara lleno de alegría al reencontrarse con su antiguo amor en el momento en que más lo necesitaba.
Él seguía siendo el mismo sujeto atractivo de antes, de cuerpo ejercitado y postura decidida, aunque ahora usaba una barba recortada de tan solo unos días que lo hacía ver más maduro e interesante. Sin embargo, su mirada no parecía ser la misma.
En sus ojos claros ella pudo notar una sombra de hastío y rencor que lo volvía intimidante.
Y su expresión soñadora se había perdido, siendo sustituida por una ferocidad perturbadora. Como si estuviese frente a un animal que había sido maltratado por años y ahora acechaba a quienes fueron sus verdugos, en espera del momento preciso para cobrar venganza.
¿Qué le habría sucedido en Dubai?