Capítulo 4. ¿Qué haces aquí?

1390 Words
Bárbara logró marcharse esa noche de la comisaría gracias a la intervención del abogado Peter Gilligan, que pudo demostrar, sin mucho esfuerzo, la injusticia que cometían con ella. —Es evidente que la estaban reteniendo por un asunto mediático, no por una acusación real —se quejó Nina mientras salían por el estacionamiento trasero para evitar a los periodistas apostados en la entrada principal. —La detención había sido firmada por un fiscal fuera de su horario de trabajo, no por el que ahora se encuentra de turno. Eso demuestra que aquí se mueven otros intereses —opinó Gilligan, quien avanzaba junto a Nina indicándole dónde estaban estacionados los autos. Bárbara iba detrás, intentando asimilar lo que comentaban. ¿Un asunto mediático? ¿Otros intereses? No entendía lo que hablaban. Le costaba superar la turbación que le generaba el problema en el que ahora estaba envuelta. Caminaba con lentitud por culpa de su cadera. Richard se acopló a sus pasos para acompañarla. Al notar que se presentaba un escalón, él le ofreció su mano. Su contacto cálido la estremeció. Ambos compartieron una mirada que parecía gritar exigiendo respuestas. Sin embargo, ninguno dijo nada. Bárbara tuvo que sostenerse de él porque le molestó mucho bajar el escalón. —¿La lastimadura que tienes es de antes de que te trajeran a este lugar o te la hicieron en la comisaría? —preguntó él, muy serio. Bárbara se erizó al escuchar de nuevo su voz grave y profunda, una que por años había anhelado. —Es de antes —reveló con cierta timidez—. Me caí en la casa antes de venir —aseguró, acariciándose la mejilla golpeada. Nina, que había escuchado lo que su hermana había dicho, se giró para dedicarle una mirada llena de reproches. Bárbara la ignoró bajando el rostro con vergüenza. Richard notó el intercambio entre ellas, pero no dijo nada. Pudo percatarse que allí había sucedido algo, aunque decidió dejarlo pasar porque no era momento para pedir explicaciones. Se llegaron a los autos y él hizo que las Rizzo entraran en el suyo. Se despidió del abogado acordando verse al día siguiente para conversar sobre la situación de Bárbara y los dos salieron eludiendo a la prensa para retirarse de aquel lugar. Richard primero se dirigió a la casa de las Rizzo, cuya ubicación conocía muy bien. La había visitado en varias ocasiones mientras mantuvo una relación con Bárbara en la universidad. —Vendrás esta misma noche, ¿cierto? —exigió Nina a su hermana antes de salir del auto. —Sí, solo empacaré unas cosas y vendré a quedarme con ustedes —expuso la mujer con cansancio. —Si no llegas en menos de una hora te buscaré hasta debajo de las piedras —amenazó. —Confía en mí, Nina. Vendré antes de que la abuela se quede dormida. —¿Dormir? Con la angustia que pasó hoy por lo que vio en el noticiero no pegará un ojo hasta que tú estés en la casa, ni los niños. Así que no los hagas preocuparse más y regresa pronto —enfatizó, y se despidió de Richard agradeciéndole por quinta vez su ayuda y entrando al fin a su casa. Al quedar solos, él puso el auto en marcha para dirigirse a la dirección que Bárbara le había facilitado, donde se encontraba la casa que tenía en alquiler. —Sigue tan intensa como antes —expuso en referencia a Nina y mostrando una diminuta sonrisa de medio lado que Bárbara miró con algo de pesar. Tenía muchas ganas de observar de nuevo sus sonrisas anchas y chispeantes, aunque parecía que esas las había perdido en algún lugar. Ahora mostraba una pequeña algo tensa, que parecía más de burla que de diversión. —Nunca ha dejado de serlo. Es más, es de la que mejora con los años. —No paró de quejarse por todo el camino. Tuvo mucho tiempo para discutir con casi toda la plantilla de policías de esa comisaría. —Si es para discutir, Nina tiene tiempo de sobra —bromeó ella, revelando una sonrisa divertida, la primera de aquel día. Richard pudo notarla y quedó fascinado con su gesto, que le despertó cientos de recuerdos hermosos, aunque se esforzó por recobrar la compostura y enfocarse en el camino. Tenía que recordar que tenía una urgencia. Necesitaba pronto un vientre en alquiler para tener a su hijo y así aplacar los rencores de su esposa Melissa, permitiéndole que administrara el dinero de las cuentas conjuntas. Sin eso su empresa no podría iniciar. —¿De verdad tuviste algo que ver con la supuesta venta de esa aplicación? —quiso saber él en referencia a la denuncia. —No. No sé qué sucedió, no entiendo por qué me acusan —confesó Bárbara recobrando su expresión de angustia—. No me han explicado nada, me enteré de ese asunto por el noticiero. Luego llegó la policía y me encerraron en ese cuarto diciendo que me llevarían la correccional para mujeres en California Central. —¿A un centro penitenciario? ¿Sin juicio? Ella alzó los hombros con confusión. —El comisario decía que había pruebas contundentes en mi contra, que solo esperaban la firma del fiscal para trasladarme, pero ¡yo no he robado nada! —dijo con tono desesperado—. Renuncié a PowerData hace un mes para abrir una fábrica de bolsos y carteras de cueros con mi hermana y no tuve problemas con el cierre de contrato. No entiendo por qué ahora me acusan de este asunto. Él apretó el ceño, confundido. Le resultaba fácil confiar en la palabra de la mujer no solo por el hecho de conocerla bien y saber que nunca sería capaz de dañar a nadie, sino por la forma atípica en que se manejaba el caso. Se tomaron decisiones aceleradas evidenciando un trasfondo turbio. —Y tú, ¿qué haces en California? —quiso saber ella viéndolo con interés—. Pensé que seguías viviendo en Dubai. Richard apretó la mandíbula buscando controlar sus ansiedades. No quería ser un tipo desalmado con ella, Bárbara era un recuerdo bonito y dulce que no deseaba empañar más de lo que lo había hecho en el pasado. Pero hace tiempo había dejado de ser un hombre bueno, convirtiéndose en un cínico que solo velaba por sus intereses y eso era lo que en realidad estaba haciendo al ir en su rescate. —Vine a Estados Unidos para iniciar mi propia compañía. Estoy fundando una empresa de desarrollo de software de ciberseguridad, pero algunos asuntos no están saliendo como lo esperaba y se me han presentado urgencias que necesito solventar cuando antes. —¿Qué urgencias? —Falta de dinero —reveló con sequedad. Ella arqueó las cejas. Hasta donde recordaba, los McKellen eran millonarios. El dinero les sobraba por montones. —En realidad, el dinero está, pero no puedo disponer de él. Aún —enfatizó eso último con la mandíbula prieta. —¿Y cómo terminaste acudiendo a la policía con un abogado para ayudarme a salir de allí? —Iba a cenar con mis padres cuando vi lo que sucedía en el noticiero. Al descubrir que eras tú la implicada, enseguida supe que aquello era un montaje. Es imposible que hayas robado nada. Si ves un maletín lleno de dinero en la calle, comienzas a gritar buscando al dueño. Ella se conmovió por esa confesión. A pesar del tiempo que tenían separados, Richard seguía conociéndola tan bien como lo hacía su familia. —Para mí fue como un reencuentro y un alivio a mi problema —continuó él—. Eres la solución para conseguir lo que necesito y así lograr de una vez por todas fundar mi empresa. Bárbara lo observó extrañada, recordando que aquel había sido el sueño más grande de Richard en la universidad. Llegar a ser un empresario independiente que lograra su meta con su esfuerzo, no por algo heredado o regalado. —Eres tú quien me ayudará a obtener lo que me hace falta. Vine a librarte de esta denuncia cubriendo todos los gastos que exija el abogado a cambio de un favor de tu parte. Uno que necesito con urgencia. Bárbara lo observó con los ojos agrandados, con una mezcla de emoción e incertidumbre latiendo en su pecho. ¿Richard necesitaba de ella?
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