Media hora después, Richard se estacionaba frente a la casa de las Rizzo. Bárbara ya estaba lista para salir, pero, mientras se ponía el abrigo, intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a nadie en casa, escuchó un sonido que la hizo saltar del susto. —¿A dónde crees que vas, jovencita? Nina estaba parada en medio de la sala, vestida con su pijama de ropa vieja, descalza y despeinada, y con los brazos cruzados en el pecho viéndola con una cara de pocos amigos. —Lo siento… yo. No supo qué responder. Sabía que era demasiado evidente, así que bajó el rostro para ocultar su vergüenza. Nina respiró hondo. —Al menos, ¿llevas protección? Bárbara abrió los ojos en toda su extensión. —Sí —mintió, para no preocuparla. Ni siquiera había pensado en eso. —Regresa pronto, ¿sí?

