Bárbara no podía creerse lo que Richard le había propuesto. De pronto sintió una especie de ataque de ansiedad. El corazón le bombeó como potro desbocado en el pecho, al tiempo que el oxígeno dejaba de entrar a sus pulmones. Richard tuvo que ayudarla a sentarse en la mesa y pasarle un botellín de agua. —¿Estás bien? —Sí… es… ¿Hablas en serio? —preguntó angustiada. Él respiró hondo y se sentó a su lado. —Disculpa que te lance de manera tal violenta esta propuesta, más aún, luego de tantos años sin vernos y en medio del problema que se te ha presentado, pero… la verdad es que estoy urgido. Ella asintió mientras se esforzaba por aplacar a sus nervios y conservar la cordura. —Sé que tu gran sueño siempre fue fundar una empresa con capital que tú mismo hubieses trabajado, sin depender de

