Richard se encontraba en su oficina estudiando unos documentos cuando la puerta se abrió y Melissa entró sin golpear y sin anunciarse, con el porte altivo de quien se consideraba dueña de ese lugar. Detrás venía apresurada Mónica, la secretaria, con rostro angustiado. Richard se puso de pie y le hizo señas a la mujer para que se calmara y se retirara, que él se haría cargo del asunto. Ella salió de la oficina de hombros caídos, dejándolos solos. Melissa se detuvo frente al escritorio, asumiendo una pose elegante y fiera a la vez, con una mano apoyada en su cadera. Él la observó sereno, aunque firme. —Gracias por venir, Melissa. Siéntate, por favor. Ella obedeció, aunque sus labios dibujaron una mueca apenas perceptible. La tensión era palpable. No había necesidad de palabras para senti

