A pesar de la dura conversación que habían tenido en el restaurante, Richard hizo algo que Bárbara no se esperaba, la llevó a caminar por un parque que a ella siempre le fascinó, ya que contaba con jardines que todo el año estaban llenos de flores y caminerías similares a las de un laberinto. —¿Recordaste que me gusta este lugar? «Recuerdo cada cosa de ti», quiso decirle, pero se inclinó por dar una excusa menos emotiva. —También me gusta este sitio, es relajante, y a esta hora no está tan lleno de visitantes. Podemos tener algo de calma. Ella apretó sus labios, inquieta. Seguía esperando gestos tiernos de aquel hombre, como si fuese el mismo con el que había estado cinco años atrás. Era evidente que algo lo había cambiado. —¿Cómo te fue en Dubai? Él endureció la mandíbula un instant

