Capítulo 2

1030 Words
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa para Carlos. Cada tarde, después del trabajo, Valeria lo esperaba en el despacho con esa mirada tímida pero ansiosa. Su cuerpo curvilíneo parecía más provocador cada vez: usaba faldas cortas que apenas cubrían su culo prominente o tops ajustados que marcaban sus tetas grandes y firmes. La inocencia de sus ojos azules contrastaba con la humedad que ya siempre tenía entre las piernas. Esa segunda tarde, Valeria entró vestida solo con una camisola fina y unas braguitas rosadas. Se sentó directamente en el regazo de Carlos sin pedir permiso. —Papi, ¿seguimos aprendiendo hoy? Quiero ver más… quiero sentir más —susurró, frotando sutilmente su culito contra la polla ya semierecta de él. Carlos respiró hondo, oliendo el shampoo de fresa en su cabello rubio. Abrió el portátil y eligió un video más explícito: sexo oral detallado. Una rubia joven de cuerpo similar al de Valeria estaba de rodillas, chupando una polla gruesa con devoción. —Mira cómo lo hace, princesa. Usa la lengua, los labios… succiona suave al principio. Mientras veían, Carlos le subió la camisola y expuso sus tetas. Las masajeó con ambas manos, pellizcando los pezones hasta que estuvieron duros como piedras. Valeria gemía bajito, moviendo las caderas. —Papi… ¿puedo tocarte hoy? Solo con las manos… por favor. Carlos sacó su enorme polla del pantalón. La v***a gruesa saltó libre, venosa, palpitante, con la cabeza grande ya brillando de precum. Valeria la miró con ojos muy abiertos, fascinada y un poco asustada. —Es… tan grande y gruesa, papi. No sé si cabría en mí. —Tranquila, mi amor. Solo tócame. Valeria envolvió sus manitas suaves alrededor del tronco. Apenas podía cerrar los dedos. Empezó a masturbarlo torpemente, arriba y abajo. Carlos le guió la mano, enseñándole el ritmo perfecto. —Así, princesa. Aprieta un poco más… frota la cabeza con el pulgar. Mientras ella lo pajeaba, Carlos metió la mano en sus braguitas rosadas. Su coñito estaba empapado, chorreando jugos por los muslos. Introdujo dos dedos gruesos esta vez, estirándola lentamente. Los movía en tijera, abriéndola, tocando su punto G mientras su pulgar presionaba el clítoris hinchado. —Ahh… papi… se siente tan bien… más profundo —gemía Valeria, acelerando la mano en su polla. El video mostraba a la chica tragando la polla hasta la garganta. Valeria miraba hipnotizada. Carlos sintió que iba a explotar. Sacó los dedos y se los llevó a la boca de ella. —Prueba cómo sabes, princesa. Chúpame los dedos. Valeria obedeció, lamiendo sus propios jugos con timidez pero creciente excitación. Eso fue demasiado para Carlos. La masturbó más rápido, frotando su clítoris con precisión. Valeria se corrió con fuerza, gritando “¡Papi!”, apretando su polla con la mano mientras su coñito expulsaba chorros de placer que mojaron el asiento. Carlos no se corrió. Se contuvo, besándola en la frente y acomodándola. —Buena chica. Pero todavía no te penetro. No hasta que estés completamente segura. Valeria se fue a su habitación sonrojada y feliz. Carlos se quedó sentado, con la polla dolorosamente dura. Minutos después, escuchó gemidos suaves desde el pasillo. La puerta de Valeria estaba entreabierta. Se acercó sigilosamente y la vio: acostada en la cama, con las piernas abiertas, metiéndose dos dedos en su coñito virgen mientras susurraba: —Papi… fóllame… méteme tu polla grande… por favor… Carlos se bajó el pantalón allí mismo en el pasillo oscuro y se pajeó con furia, mirando cómo su hijastra se masturbaba pensando en él. Sus tetas rebotaban con cada movimiento de mano, su culo se levantaba de la cama. Cuando Valeria tuvo otro orgasmo intenso, arqueando la espalda y gimiendo su nombre, Carlos eyaculó contra la pared, chorros gruesos de semen saliendo de su polla mientras imaginaba correrse dentro de ella. Al día siguiente, Valeria espió a Carlos. Él se estaba duchando en el baño principal, puerta entreabierta. Ella se escondió y lo vio todo: su cuerpo musculoso cubierto de jabón, esa polla enorme colgando pesada entre sus piernas, semierecta. Carlos se enjabonaba la v***a, acariciándola lentamente. Valeria metió la mano en sus shorts y se masturbó allí mismo, frotando su clítoris con desesperación. —Papi… quiero que me folles como a una puta… quiero tu polla adentro —susurraba mientras se corría, mordiéndose la mano para no hacer ruido. Carlos, sintiendo la tensión insoportable, salió esa misma noche. Llamó a la maestra de inglés de Valeria, la señorita Ramírez: una rubia de 28 años, cuerpo muy parecido al de su hijastra —tetas grandes, culo redondo, cabello largo—. Quedaron en un hotel discreto cerca de la universidad. En cuanto entró a la habitación, Carlos la empujó contra la pared. Le arrancó la blusa, liberando sus tetas y chupándolas con hambre. —Hoy te voy a follar duro —gruñó. La señorita Ramírez gemía excitada. Carlos le bajó la falda y las bragas, la levantó en brazos y la empaló en su polla gruesa de un solo movimiento. La penetró contra la pared, embistiendo profundo, golpeando su cervix con cada embestida. —Joder… qué apretada estás… —decía, imaginando que era el coño virgen de Valeria. La folló en diferentes posiciones: primero de pie, luego la tiró en la cama a cuatro patas y la embistió como un animal, dándole nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo blanco. Le tiraba del cabello rubio, la llamaba “mi putita rubia” mientras la penetraba sin piedad. La maestra se corrió por primera vez gritando, su coño contrayéndose alrededor de la gruesa polla. Carlos no paró. La puso en misionero, le levantó las piernas sobre sus hombros y la folló más profundo, frotando su clítoris con el pulgar. La hizo correrse una segunda vez, luego una tercera con sexo oral: le comió el coño como experto, succionando el clítoris y metiendo la lengua adentro hasta que ella temblaba y eyaculaba jugos en su cara. Finalmente, la penetró de nuevo y se corrió dentro, llenándola de semen espeso mientras fantaseaba con dejar embarazada a Valeria. Regresó a casa tarde, pero el deseo por su hijastra solo había crecido. Sabía que pronto no podría resistirse más.
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