Capítulo 7

936 Words
Estaba sola en la casa. El silencio era tan denso que podía escuchar mi propio corazón. Carlos había salido a una reunión de emergencia en la oficina y me había dicho que llegaría tarde. Yo no pude esperar. El deseo me quemaba entre las piernas desde hacía días, desde las últimas lecciones, desde las ataduras, desde las pinzas y el vibrador. Cada vez que cerraba los ojos veía su cuerpo, sentía el peso de su mirada y el calor de su polla rozándome sin entrar. Subí las escaleras con pasos lentos, como si estuviera haciendo algo prohibido… aunque en el fondo ya sabía que lo era. Entré a su habitación. El olor de él estaba en todas partes: en las sábanas, en las almohadas, en el aire. Abrí el armario y tomé una de sus camisas blancas, la que más usaba. Me la puse sobre el pecho desnudo y me dejé caer en su cama grande. Enterré la cara en la tela y aspiré profundo. Olor a colonia cara, a su piel, a él. Me quité la ropa restante. Quedé completamente desnuda sobre las sábanas que aún conservaban su calor. Me toqué los pechos, apreté los pezones y bajé una mano hasta mi coño. Estaba empapado. Deslicé dos dedos entre mis labios y empecé a frotar el clítoris con desesperación, oliendo la camisa al mismo tiempo. Cerré los ojos e imaginé que él estaba ahí. Que se metía entre mis piernas y me abría despacio. Que su polla gruesa, caliente y pesada rozaba mi entrada. Primero suave. Tan suave que casi no la sentía, solo la presión, el calor, el estiramiento lento. Yo gemía su nombre en mi mente mientras él se hundía centímetro a centímetro, abriéndome, llenándome. Luego el ritmo cambiaba. Él se volvía un animal. Me montaba como un semental, embistiendo fuerte, profundo, sin piedad. Mis pechos rebotaban, las sábanas se arrugaban bajo mi espalda y yo solo podía gritar. En mi imaginación él me agarraba de las caderas, me levantaba el culo y me follaba con esa fuerza que solo él tenía, gruñendo que era suya, que mi coño era solo de él. Mis dedos se movían más rápido. Metí tres. El sonido húmedo llenaba la habitación. La camisa de él estaba contra mi cara y yo respiraba su olor como si fuera aire. El orgasmo llegó de golpe. Arqueé la espalda, apreté las piernas y grité su nombre con todas mis fuerzas: —¡Carlos… papi…! Las contracciones me sacudieron. Me corrí tan fuerte que sentí los jugos correr por mis muslos y mojar las sábanas. Seguí temblando, con los ojos cerrados, recuperando el aliento, todavía con la camisa apretada contra la nariz. Cuando abrí los ojos, el mundo se detuvo. Él estaba ahí. De pie al pie de la cama. La camisa abierta, el pecho marcado brillando ligeramente, y su mano grande envuelta alrededor de su polla. Estaba completamente dura, gruesa, venosa, y la cabeza brillaba con un hilo grueso de líquido preseminal que goteaba sobre sus dedos. Me miraba con una intensidad que me hizo temblar otra vez. No dijo nada. Solo se acercó. Se arrojó sobre mí como un depredador. Me abrió las piernas de un empujón y bajó la cabeza. Su boca caliente se cerró sobre mi coño todavía sensible. Grité. Su lengua era voraz, succionaba mi clítoris, lamiendo mis jugos, metiéndose dentro de mí. Me agarró de los muslos con fuerza y me comió como si estuviera hambriento desde hacía semanas. Yo, entre gemidos, logré bajar su pantalón. Su polla gruesa y pesada reboto en mi cara, desesperada por sentirlo me la llevé a la boca en un rápido movimiento. El sabor del líquido preseminal me volvió loca. Empezamos el 69 sin palabras. Él encima de mí, con su cara enterrada entre mis piernas, y yo debajo, tragando lo más que podía de su m*****o grueso, chupandolo como si mi vida dependiera de eso, necesitaba sentirlo, que entrara más profundo en mi garganta, sentir que era real y no una alucinación, pero las arcadas que me generaba meterme su polla cada vez más adentro me hacía entender que era real. Cada vez que él gemía contra mi coño, la vibración me hacía correr. Cada vez que yo succionaba más fuerte, él embestía con la lengua más profundo. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. El placer era tan intenso que se volvía casi doloroso. Mis piernas temblaban alrededor de su cabeza. Él seguía comiéndome sin parar, chupando, lamiendo, follándome con la lengua mientras yo intentaba concentrarme en su polla. La saliva me bajaba por la barbilla. El olor de ambos mezclado era embriagador. Cuando él se corrió, lo hizo con un gruñido profundo que sentí vibrar en mi coño. Su semen caliente llenó mi boca. Tragué todo lo que pude, y lo que no se me escapó por las comisuras. Al mismo tiempo, otro orgasmo me atravesó, tan fuerte que mis caderas se levantaron solas y empujé mi coño contra su cara. Quedamos jadeando, uno encima del otro, sudados, temblando. Él se movió despacio, se quitó el resto de la ropa y se acostó a mi lado. Me atrajo contra su pecho desnudo. Yo todavía tenía su camisa enredada en un brazo. No hablamos. Solo nos abrazamos, piel contra piel, mientras el placer residual nos hacía estremecer de vez en cuando. Poco a poco el sueño nos ganó. Me quedé dormida desnuda, envuelta en sus brazos, con el olor de él en mi piel y el sabor de su semen todavía en la lengua. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí exactamente donde debía estar.
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