La sexta noche, la tensión entre Carlos y Valeria había alcanzado un punto de no retorno. Después de la cena, Valeria entró en la habitación principal de Carlos vestida solo con una bata de seda negra que apenas cubría sus curvas. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de nervios y deseo intenso. Se paró frente a él y dejó caer la bata al suelo, quedando completamente desnuda. Sus pechos grandes y firmes se movían con cada respiración, sus pezones rosados ya endurecidos, y su coñito depilado brillaba ligeramente por la humedad.
—Papi… quiero que hoy me hagas todo lo que quieras. Quiero jugar, quiero sentirme completamente tuya —susurró con voz temblorosa pero decidida.
Carlos la miró con ojos oscuros de lujuria. Su polla ya estaba dura dentro del pantalón.
—Ven aquí, mi princesa. Hoy vamos a jugar de verdad.
La llevó hasta la gran cama king size y la acostó suavemente en el centro. Primero, sacó una venda de seda negra y le cubrió los ojos con cuidado, atándola detrás de su cabeza. Valeria soltó un suspiro excitado al quedarse en la oscuridad total.
—Así sentirás cada toque mucho más, mi princesa —le explicó Carlos con voz ronca.
Luego, tomó unas suaves cuerdas de seda y le amarró las muñecas a los postes superiores de la cama, estirando sus brazos. Después, le separó las piernas y ató sus tobillos a los postes inferiores, dejándola completamente abierta y expuesta. Valeria estaba atada en forma de X, vulnerable, con su coñito rosado abierto y brillando de excitación. Su respiración se aceleró.
Carlos empezó despacio, maximizando cada sensación. Pasó las yemas de sus dedos apenas rozando la piel de sus brazos, bajando por sus costillas, rodeando sus pechos sin tocarlos todavía. Valeria se arqueaba, buscando más contacto.
—Papi… por favor…
—Paciencia, mi princesa. Siente todo.
Finalmente, tomó sus pechos grandes con ambas manos, masajeándolos con firmeza. Bajó la cabeza y chupó un pezón con hambre, succionando fuerte mientras pellizcaba el otro. Valeria gemía alto, tirando de las cuerdas. Carlos dedicó varios minutos a sus pechos, lamiendo, mordisqueando y chupando hasta dejarlos rojos y sensibles.
Bajó lentamente por su cuerpo, besando su vientre, sus caderas. Llegó a su coñito abierto y le dio un largo lametón desde abajo hasta el clítoris. Valeria gritó de placer. Carlos practicó sexo oral con maestría: succionó su clítoris, metió la lengua en su entrada virgen, lamió sus labios y usó dos dedos para frotar su punto G mientras chupaba. Valeria se corrió por primera vez con fuerza, tirando de las ataduras y gritando el nombre de su papi mientras su coño soltaba jugos dulces que Carlos lamía con avidez.
Sin dejarla recuperarse, Carlos se subió a la cama, se arrodilló sobre su pecho y acercó su enorme polla a la boca de Valeria.
—Abre la boca, mi princesa. Quiero sentir tus labios.
Valeria obedeció. Carlos introdujo la cabeza gruesa en su boca caliente. Ella chupó con entusiasmo, lamiendo y succionando lo que podía. Carlos movía las caderas suavemente, follándole la boca sin llegar a la garganta. Los sonidos húmedos llenaban la habitación.
Mientras ella lo chupaba, Carlos colocó las pinzas para los pezones, ajustándolas firmemente. Valeria gimió alrededor de su polla. Luego, tomó un vibrador pequeño y delgado, lo encendió y lo introdujo lentamente en su coñito virgen. El juguete vibraba dentro de ella mientras Carlos seguía moviéndose en su boca.
—Qué apretada estás, mi princesa. El vibrador te está llenando tan rico…
Valeria se retorcía, corriéndose una segunda y tercera vez seguidas. Sus gemidos vibraban alrededor de la polla de Carlos. Él no aguantó más. Con un gruñido profundo, se corrió en su boca, llenándola de chorros espesos y calientes de semen. Valeria tragó todo lo que pudo, con algo escapando por las comisuras de sus labios.
Carlos sacó el vibrador y lo reemplazó por su propia polla, pero solo frotándola. Se colocó entre sus piernas abiertas y frotó su v***a gruesa contra el coñito abierto y sensible de Valeria, deslizándola entre sus labios, presionando el clítoris y la entrada sin penetrar completamente. El roce era tortuoso y delicioso. Valeria tuvo un orgasmo tras otro, corriéndose sin parar, temblando y gritando mientras las pinzas tiraban de sus pezones con cada espasmo.
—Papi… no puedo más… es demasiado placer…
Carlos siguió frotándose sobre su v****a abierta durante varios minutos, disfrutando de cada orgasmo de su princesa. Finalmente, con un rugido, se corrió sobre su vientre plano y sus pechos, pintándola con gruesos hilos de semen caliente.
Respirando agitado, tomó su teléfono y le sacó varias fotos a Valeria: atada, vendada, con las pinzas puestas, el semen de él brillando sobre su piel y su coñito rojo e hinchado. Guardó las fotos con una sonrisa posesiva.
—Eres perfecta, mi princesa. Mía completamente.
Le quitó las pinzas, la venda y las cuerdas con cuidado, abrazándola fuerte mientras ella temblaba de placer residual. Valeria se acurrucó contra su pecho musculoso, besándolo con ternura.
—Quiero más, papi… quiero todo de ti.
Carlos sabía que la próxima vez ya no habría vuelta atrás. La penetración completa estaba cada vez más cerca.