Capítulo 5

730 Words
La tarde del quinto día, el despacho se había convertido en su santuario secreto. Valeria entró con una sonrisa tímida pero llena de anticipación, vestida solo con una bata de seda ligera que apenas ocultaba sus curvas. Sus pechos grandes se marcaban contra la tela, y sus pezones ya estaban endurecidos por la excitación. Se sentó en el regazo de Carlos, frotando suavemente su culito contra la polla dura de él. —Papi… quiero probar cosas nuevas hoy —susurró—. Vi en los videos que usan juguetes… ¿puedes enseñarme? Carlos respiró hondo, sintiendo el calor de su hijastra. Su polla palpitaba bajo ella. —Está bien, mi princesa. Hoy usaremos juguetes, pero sin penetrarte todavía. Solo para que sientas más placer. Sacó una caja discreta del cajón. Primero, un vibrador pequeño y curvado de silicona suave. Lo encendió y lo pasó por los pechos de Valeria sobre la bata. Ella soltó un gemidito cuando la vibración llegó a sus pezones. —Se siente… cosquilleante y rico, papi. Carlos le abrió la bata, exponiendo sus hermosos pechos. Tomó unas pinzas para los pezones, suaves pero firmes, con cadenita entre ellas. Las colocó con cuidado, apretando lo justo. —¿Cómo se siente, mi princesa? Valeria arqueó la espalda, gimiendo más fuerte. —Duele un poquito… pero me pone muy caliente. Con las pinzas puestas, Carlos activó el vibrador y lo deslizó por su vientre hasta llegar a su coñito. Lo pasó por encima de las braguitas, presionando contra el clítoris. Valeria se retorcía en su regazo, moviendo las caderas. Las pinzas tiraban de sus pezones con cada movimiento, enviando oleadas de placer-dolor. —Papi… ahhh… está vibrando justo ahí… Carlos la puso en posición de misionero sobre el sofá, abriéndole las piernas. Deslizó las braguitas a un lado y aplicó el vibrador directamente sobre su clítoris hinchado, haciendo círculos lentos. Al mismo tiempo, tiraba suavemente de la cadenita de las pinzas, estimulando sus pezones. Valeria gemía sin control, sus jugos mojando el sofá. —Eres tan sensible, mi princesa. Mira cómo te mojas para mí. Con un rápido movimiento él la puso a cuatro patas sobre el escritorio, culito en alto. Desde atrás, presionó el vibrador contra su coñito mientras le daba nalgadas suaves. El sonido húmedo de la vibración mezclada con sus gemidos llenaba la habitación. Valeria se corrió por primera vez con fuerza, temblando y apretando los muslos. Sin darle descanso, Carlos la sentó en su regazo de nuevo, esta vez en postura de vaquera. El vibrador seguía trabajando su clítoris mientras ella se frotaba contra su polla desnuda, deslizándola entre sus labios mayores sin dejarlo entrar. Las pinzas en sus pezones rebotaban con cada movimiento. —Frota más fuerte, mi princesa. Siente mi polla caliente contra tu coñito. Valeria obedecía todo, moviéndose con más confianza. Se corrió una segunda vez, mojando la polla de Carlos con sus jugos. Él estaba al límite. Después de que ella se recuperara, la besó en la frente y la mandó a su habitación. —Descansa, mi princesa. Papi necesita un momento. Una vez solo, Carlos cerró la puerta con llave. Sacó su teléfono y abrió una foto secreta de Valeria: una que le había tomado mientras dormía, con la camiseta subida mostrando parte de sus pechos y sus braguitas. Se bajó el pantalón y sacó su enorme v***a, gruesa y venosa. —Mi princesa… qué hermosa eres —gruñó mientras empezaba a masturbarse lentamente. Miraba la foto con intensidad, recordando cómo se había corrido con el vibrador y las pinzas. Aceleró la mano, imaginando que era el coñito apretado de ella. Usó un poco de lubricante y siguió pajeándose con fuerza, apretando la base como si estuviera dentro de Valeria. —Valeria… mi princesa… quiero follarte tan duro… llenarte entera —susurraba mientras su mano subía y bajaba rápido. Cambió a otra foto donde ella salía en bikini, sus curvas perfectas resaltadas. Eso lo volvió loco. Se corrió con un gruñido ahogado, chorros espesos de semen saliendo de su polla y cayendo sobre su mano y abdomen. Se quedó jadeando, limpiándose mientras miraba la foto de su hijastra. Esa noche, después de cenar, Valeria volvió a buscarlo. Las sesiones estaban cada vez más intensas y la barrera de la penetración se sentía más cerca de romperse. Carlos sabía que pronto no podría resistir más las súplicas de su princesa.
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