–Ya sabes lo que debes hacer y cómo me debes complacer, ¿Verdad? –le miró fijamente, su mano izquierda toma con fuerza mis mejillas, asiento levemente. – ¿Cuánto más durara esto? –digo en un susurro, él sonríe ampliamente, al momento de soltarme el tacto fuerte, me queda doliendo. –Cuanto a mí me dé la gana, Maia, hasta que a mí se me antoje, te has portado muy bien estas semanas, me gustan las mujeres calladas, las que no dicen absolutamente, nada –siento nuevamente esas ganas de llorar, pero me aguanto, lo hago porque la verdad es que así llore un mar completo, este hombre no se va a detener. Dos toques a la puerta llaman su atención, uno de sus tantos guardaespaldas aparece, yo de inmediato me giro en mi lugar y enfoco mi mirada en el espejo delante de mí. ¿Qué me estoy haciendo?

