—Todos los iniciados reportarse a su prueba final—, se escuchó la voz lejana de Max por los altavoces.
Ella lo miró casi con terror. Él le dedicó una mirada tranquilizante: —Lo harás bien. Estás lista.
( . . . )
Will ya había pasado y ahora era su turno. Se encontró con Cuatro en su camino a la silla en la que realizaría su prueba.
—Tienes que hacerlo como lo haría un Osado, pero hazlo rápido. Van a estar observándote en las pantallas.
—Okay... si lo hago muy rápido me matarán y si lo hago muy lento moriré.
—Exacto. Suerte—, apretó gentilmente su brazo.
( . . . )
Estaba en Cordialidad, vestida con su ropa de Osadía, y los niños que desde pequeños le gritaban cosas estaban alrededor de ella, formando un círculo, dejándola en el centro.
—Oye, rara. Tu mamá no murió. La mataste.
—Cómo crees. Ella se suicidó. Jamás quiso a una hija como ella y no pudo vivir con la vergüenza.
—Seguramente su padre también se matará—, cada vez las voces eran más, y estaba más rodeada de gente, hasta el punto de quedar agachada entre la multitud.
El aire le empezó a faltar. Oh no....
Esto no es real. Hazlo como lo haría un Osado.
No quería que la descubrieran. Siguió los consejos de Cuatro.
Intentó calmar su respiración y regular su pulso justo como Cuatro le había dicho. Entonces el bullicio se dejó de escuchar y ya no estaba rodeada de personas. Estaba en su casa de Cordialidad, aún agachada en el suelo con sus manos cubriendo sus oídos.
—Levántate—, una mano pareció frente a ella. Era grande, tenía varias cicatrices y eran ásperas. Justo como en la primera simulación.
La tomó y se levantó. Vio la cara de uno de los líderes de Osadía, no lo reconoció, la imagen no era clara.
—Llévensela. Que no vea nada—, dijo una voz firme y profunda, sonó el seguro de un arma y luego un disparo.
Miró sobre su hombro, luchando contra el hombre que la obligaba a caminar y a no mirar atrás. Esta vez no regresaría.
No. Ya no quería ver más al cuerpo inerte de su madre. No quería mas pesadillas. Reguló su respiración.
Los osados que la sostenían habían desaparecido, dejando en claro que ya estaba en el siguiente de sus miedos. Empezó a correr sintiendo que la perseguían, sostuvo con sus manos el vestido amarillo de Cordialidad que estaba usando, para evitar tropezar. Pero era largo al igual que sus piernas, éste se enredó haciéndola tropezar y rodar por una colina.
Miró a su alrededor. Estaba en una de las cosechas de Cordialidad, nuevamente usando ropa de Osadía.
Recordándole que sólo era una simulación.
Sintió un cosquilleo en su mano, miró en esa dirección. Una gran araña subía por ella. Y entonces todo su cuerpo estaba cubierto de arañas, estas caminaban sobre ella y se metían entre su ropa. Era desesperante. Tenía miedo. Bastante
Cerró la boca y los ojos. Sabiendo que si la abría alguna entraría en ella. Se calmó lo suficiente para que las arañas desaparecieran.
Al abrirlos ya no habían arañas. Ya no estaba en los campos de Cordialidad, ahora estaba en un salón de clases, y en la mese en frente suyo había una hoja. Un examen. Demonios, le aterraba. Empezó a leer pero no entendía nada, en absoluto. Era uno de sus peores temores, presentar un examen sin saber qué hacer -sin entender nada, no entendía por qué había aparecido de cuarto.
—Oye—, una voz infantil la llamó—, ven a jugar.
Todos los niños salieron corriendo en direcciones diferentes. Jugaban al escondite. Ella imitó a los demás niños, internándose en el bosque.
Pero el tiempo pasaba y nadie iba a buscarla. Ya era de noche y ningún niño aparecía. Estaba perdida. Perdida en la noche y en el bosque.
Como un Osado.
Trepó hasta la copa de un árbol, para guiarse. Vio las luces a lo lejos, sabiendo que era en esa dirección a dónde debía ir.
Entre más cerca estaba, las luces más la cegaban, hasta tal punto que tuvo que taparse los ojos. Y esta vez apareció frente al Abismo.
—Oh... no—, giró sobre sus talones, sabiendo lo que se avecinaba y queriendo fuertemente evitarlo.
Y pasó, justo como lo recordaba. Las manos alrededor de su boca acallándola, sosteniendo sus brazos evitando que los golpeara, atrapando sus piernas evitando su huida.
Las manos resbaladizas que acariciaron todo su cuerpo. El comentario fuera de lugar.
La diferencia fue que ésta vez no apareció Cuatro a su rescate. Porque debía superarlo sola. Como un Osado, no como un divergente.
Mordió la mano que se cernía en su boca, distrayendo a uno de sus atacantes. Tomó como ventaja esto y golpeó con la parte posterior de su cabeza la nariz de quien estaba a sus espaldas.
Uno menos. Faltan dos.
Sacudió su cuerpo con fuerza. Pataleó hasta que logró hacer a uno trastabillar hasta caer por el Abismo. Y el que quedaba, lo enfrentó de frente, justo como su última pelea. "Peter contra Valentine", sonó el rugido de la voz de Eric en su cabeza. Primer golpe a la garganta, el siguiente a sus oídos para desestabilizarlo; una patada en la rodilla para hacerlo caer y de último tomó su cabeza y la estrelló contra el suelo.
Hasta que la sangre salpicó su rostro.
Maldita sea. Se siente bien...
Y entonces empezó el final. Su último miedo, el peor de todos.
Las paredes de su casa en Cordialidad se alzaron a su alrededor. Estaba más oscuro de lo que recordaba, más desordenado, más tenebroso. Menos cordial.
—¿Qué demonios crees que haces, sabandija?—, dijo una voz masculina desde el sofá.
—Yo sólo... Yo, estaba...-
Apareció su novia a sus espaldas y un escalofrío le erizó la piel.
—Sabes que fue tu culpa. Te mata la culpa y por eso quitas su retrato—, alentó la mujer a su lado.
—No... yo estaba...
—¡No hables!
Lo vio tomar un cinturón, el olor a alcohol inundó sus fosas nasales y no pudo evitar recordar la vez que vio a Cuatro ebrio. El mismo olor salía de él esa vez. Un escalofrío la recorrió nuevamente.
La cara de su padre se distorsionó un segundo, pasó a ser la de Cuatro y volvió a la suya.
Oh... seguro luego él me preguntará por eso. Pensó con burla.
La mujer tomó un bastón que alguna vez llegó a pertenecer a su padre pero jamás volvió a usar a pesar de su problema al caminar.
Ambos se acercaron intimidantes, amenazantes. La primera en a****r fue la mujer. Como un Osado. Sostuvo el bastón en el aire antes de que éste golpeara su espalda. Con un sólo golpe certero en su mandíbula, la mujer cayó al suelo inconsciente. Luego fue el turno de enfrentar a su padre.
Él dio más lucha pero lo venció con el mismo truco de siempre. Garganta, oídos y rodilla. Ahora yacía en el suelo con sangre escurriendo por su cabeza.
( . . . )
—Ya. Está bien. Vamos—, Cuatro posó una mano sobre su hombro, intentando calmarla.
Se levantó de la silla, sintiendo la mirada de los líderes de Osadía sobre ella. A lo lejos vio a Jeanine Matthews tecleando algo en una computadora.
—Lo hiciste bien. No creo que sospechen nada—, susurró Cuatro a su lado, caminando fuera de la gran sala.
—Bien—, dijo aún conmocionada.
—Bien...—, dijo serio pero entonces una sonrisa creció en su rostro—, ¿Qué hacía yo en tu pasaje de miedo?
Sus mejillas se tornaron rojas de vergüenza. El no saber explicarle a él por qué la cara de su padre ebrio se distorsionaba a la de él por unos segundos... era complicado.
Si lo supieras no tendrías esa bella sonrisa adornando tu rostro. Pensó a la vez que suspiraba y se encogía de hombros, no queriendo darle una explicación.
-V